C178-TI AMO
Después de tantos días al límite, esa noche por fin tuvieron un momento para ellos. La rutina los había llevado de vuelta al departamento de Savanna mientras la mansión seguía en obras. La casa familiar estaba siendo reconstruida y reforzada, pero Savanna no iba a conformarse con cualquier cosa: había tomado el control total de las mejoras.
Si iba a vivir allí el resto de su vida, nada se quedaría como estaba antes.
En la habitación contigua, Ivanna dormía plácidamente en su cuna, ajena al caos que había rodeado a sus padres últimamente.
Savanna entró en la sala. Ian estaba allí, estático, tratando de desconectar. Ella se deslizó tras él, rodeando su cintura con los brazos antes de buscar sus labios en un beso lento, cargado de todo lo que no habían podido decirse en días.
—Ven conmigo —susurró contra sus labios.
Ian la siguió al baño. Ella abrió la ducha y el agua caliente empezó a caer con fuerza, llenando el espacio de vapor.
—Llevamos días sin tiempo para nosotros —dijo, mirándolo.
Ian sonrió, sabiendo lo que venía.
—¿Estás segura?
Ella se quitó la ropa con lentitud deliberada, dejando que cada prenda cayera al suelo. Ian se desvistió también y entró bajo el chorro siguiéndola; el agua resbalaba por su pecho ancho, por los músculos tensos de sus brazos. Sin pensarlo, la atrajo hacia él y la besó con hambre contenida, sus manos recorriendo su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas y pegarla contra su cuerpo.
Savanna se apoyó contra los azulejos fríos y lo jaló más cerca.
—Te he extrañado —murmuró.
—Y yo a ti —respondió él, bajando la boca a su cuello, donde besó y mordió suave, justo donde sabía que la hacía estremecer.
Ansioso, sus manos expertas bajaron entre sus piernas.
Ian la acarició con dedos firmes, abriéndola despacio, rozando su clítoris hinchado hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gemido ronco. Él sonrió contra su piel y siguió, deslizando un dedo dentro de su coño ya mojado, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él.
—Estás tan lista para mí, moglie —susurró.
Savanna lo tomó con la mano, acarició su polla dura, gruesa y pesada, que palpitaba bajo sus dedos; lo acarició desde la base hasta la punta, sintiendo las venas marcadas y el calor que emanaba.
Ian gruñó y la levantó un poco más, apoyándola mejor contra la pared. Luego guió su miembro hacia ella y frotó la cabeza gruesa contra su entrada resbaladiza, provocándola.
—Sei mia, amore mio —murmuró, grave.
Entró despacio, centímetro a centímetro, y Savanna sintió el estiramiento delicioso, sintió cómo su pene abría sus paredes internas, llenándola por completo. Soltó un gemido largo, sus uñas clavándose en los hombros de él. Entonces Ian empujó más profundo, hasta que sus caderas se encontraron, y se quedó quieto un segundo, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño.
Luego empezó a moverse.
Embestidas profundas, controladas, que hacían que el agua salpicara entre sus cuerpos. Cada vez que entraba, Savanna sentía cómo la llenaba hasta el fondo, cómo su coño se contraía alrededor de esa polla dura y caliente que la volvía loca, y al mismo tiempo el placer subía por su vientre en olas calientes.
Entonces Ian aceleró el ritmo, sosteniéndola con fuerza, una mano en su cadera y la otra apoyada en la pared, mientras sus caderas chocaban con las de ella.

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