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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 23

C23: NO ESTÁS DISPONIBLE.

Savanna giró el líquido dorado en su copa, observando cómo la luz de las lámparas de cristal se fragmentaba en el cristal. La presencia de Elias Deveraux a su lado actuaba como un bálsamo extraño. Él no olía a la colonia cítrica y masculina de Ian; olía a sándalo y a los veranos que compartieron en la Riviera Francesa antes de que cada uno tomara su camino.

Elias era el rostro de una época en la que su única preocupación era qué vestido ponerse para las cenas en la costa. Sus padres habían sido inseparables, y para Savanna, Elias fue su primer gran amor platónico. Una ilusión que duró hasta que él se marchó a estudiar un MBA en Oxford y ella tuviera que enfrentar la crudeza de la realidad del primer desamor.

Ahora, ese sentimiento se había transformado en una amistad profunda.

—¿Sigues en el hospital? —preguntó Elias. Su voz era un barítono suave, libre de las aristas cortantes de Nueva York—. La última vez que hablamos, estabas obsesionada con el ala de pediatría.

Savanna negó con la cabeza y dio un sorbo largo, sintiendo el calor del alcohol.

—Las cosas cambiaron. Digamos que la vida me obligó a colgar la bata por un tiempo —respondió ella, relajando los hombros. Con él, no necesitaba fingir que era una guerrera.

Elias se inclinó hacia ella. Y su postura era relajada, pero sus ojos verdes, profundos y serenos, no se apartaban de su rostro. Había una intensidad en su mirada que iba más allá de la nostalgia; porque él, la miraba como quien contempla un tesoro que finalmente ha regresado a casa.

—Me dijeron que aterrizaste ayer —comentó ella, sonriéndole con naturalidad—. ¿Dónde estabas esta vez?

—Singapur —soltó él con una risa breve—. El mercado asiático es una selva, pero las inversiones en semiconductores son demasiado jugosas para ignorarlas. Aunque, si te soy sincero, la verdadera razón por la que volví no tiene nada que ver con el dinero.

Savanna arqueó una ceja, divertida.

—No me digas que extrañabas los perritos calientes de la Quinta Avenida.

—Extrañaba algo mucho más valioso —respondió él. Sin previo aviso, extendió la mano y cubrió la de Savanna, sus dedos eran cálidos y pero al instante sintió la alarma que solía dispararse con otros hombres; su contacto no era como el de Ian, así que apartó la mano suavemente—. Sé lo que está pasando en la empresa, Savanna. Sé que Arthur te está haciendo la vida imposible.

El nombre de su tío hizo que bajara la mirada. Elias notó el cambio e intentó tomar su mano de nuevo, pero ella la llevó a su regazo como defensa.

—Sí… Ya sabes… siempre ha querido adueñarse de lo que no le pertenece. Y ahora con papá…

—Siento mucho lo de tu padre —susurró él interrumpiéndola—. Es un buen hombre. No merecía terminar así.

—Solo espero que despierte —dijo ella, y su voz se quebró apenas un milímetro.

Elias extendió su mano otra vez y con el pulgar, le acarició la mejilla con una ternura que detuvo el tiempo. No sabía si ella lo veía, pero en sus ojos se leía un amor que no se había apagado con los años en el extranjero.

—No estás sola —afirmó—. Si necesitas un aliado... o si necesitas un esposo que ponga el apellido Deveraux frente a tu empresa para protegerte, sabes que estoy dispuesto. Solo tienes que decirlo.

La sorpresa golpeó a Savanna de lleno. Abrió los labios para responder, pero una sombra se proyectó sobre ambos y el aire pareció succionarse de golpe, dejando un vacío helado.

—¿Interrumpo algo... amor?

La voz de Ian fue un susurro cargado de una autoridad letal, que hizo que Savanna se enderezara de inmediato. Ian estaba allí, con las manos hundidas en los bolsillos y una mirada fría bajo una capa de cortesía glacial.

—Ian —logró decir ella, sintiendo el pulso acelerarse—. No te escuché llegar.

Elias no se levantó de inmediato. Sino que se tomó un segundo para estudiar al hombre frente a él. Había un reconocimiento inmediato en su mirada, una chispa de duda que cruzó sus ojos, sentía que había visto ese rostro antes.

Finalmente, Elias se puso de pie, igualando la estatura de Ian.

—Elias Deveraux —dijo Savanna, tratando de controlar la situación—. Es mi amigo de la infancia. Nuestras familias veraneaban juntas en la Riviera. Elias, él es Ian... mi esposo.

La palabra "esposo" hizo que Elias sintiera un puñetazo en el estómago.

—¿Esposo?

—Sí, iba justamente a decirte que… —Ella tomó la mano de Ian entre las suyas—. Ya estoy casada.

La mandíbula de Elias se apretó con tanta fuerza que un músculo saltó en su mejilla. La sorpresa de saber que la mujer que había amado en silencio pertenecía a este extraño lo golpeó de frente.

Aun así mantuvo la fachada de calma y extendió su mano.

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