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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 24

C24: NADIE MÁS MERECE SER SU ESPOSO.

Elias sintió una punzada de náuseas al ver la silueta de Arthur. Para él, el tío de Savanna siempre había sido un parásito con traje de marca, el tipo de hombre que vendía su alma por un margen de beneficio. Sin embargo, en el mundo de los negocios, la repulsión se ocultaba tras una máscara de cortesía.

—Arthur —dijo, su voz recuperando la frialdad ejecutiva que lo había hecho famoso en Singapur—. No sabía que seguías frecuentando estos eventos.

Arthur le ofreció la mano. Elias dudó un segundo, el suficiente para que el gesto fuera un insulto silencioso, antes de cerrarla en un saludo breve y seco.

—Alguien tiene que vigilar el patrimonio familiar —respondió Arthur, señalando con la barbilla hacia la pista de baile—. Sobre todo cuando un aparecido de la nada intenta adueñarse de lo que no le pertenece. Por cierto, Elias... me enteré de tus éxitos en Singapur. Quizás tú y yo tengamos mucho de qué hablar sobre el futuro de Savanna.

Elias frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? —soltó, directo.

Arthur se inclinó hacia él, bajando la voz para inyectar su veneno.

—Ella apenas lleva unos días casada con ese tipo. Apareció de la nada, nadie sabe de dónde viene, ni qué busca realmente. Es un peligro para ella —Arthur hizo una pausa, observando cómo la mandíbula de Elias se tensaba—. Te confieso que… siempre pensé que tú serías quien cuidaría de ella. Nadie más merece ser su esposo. Eres el único que la conoce de verdad… —Le palmeó el hombro—. Son amigos de toda la vida.

Elias no respondió, en cambio mantuvo la mirada fija en Savanna, que en ese momento giraba en los brazos de Ian. No confiaba en Arthur, pero la semilla de la duda sobre el origen de su esposo acababa de encontrar tierra fértil en su pecho herido.

Además… sabía que lo había visto en algún lado.

Mientras tanto, en la pista, el mundo se había reducido a dos personas. Ian movía a Savanna con una confianza territorial, su mano presionaba la piel de su espalda. El contacto era constante, una fricción que hacía que los sentidos de Savanna vibraran.

—¿Qué pasó con la llamada? —preguntó ella, rompiendo el silencio—. Te pusiste muy serio.

Ian se tensó apenas un milímetro, un ajuste casi imperceptible en sus músculos que ella notó porque estaba pegada a su pecho.

—Nada importante —respondió él, suavizando la mirada—. Pronto conocerás a mi amigo, Braxton. Es... un tipo peculiar.

Savanna sonrió, relajándose contra él.

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