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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 29

C29- NO CREO QUE PUEDA PARAR.

Ian luchó contra la marea de la droga, esa que le pedía que la tirara sobre la cama y se hundiera en ella sin piedad.

Pero no.

No con Savanna.

Respiró hondo, abrió los ojos y la miró. Sus manos grandes, de dedos fuertes y venas marcadas, se posaron en la cintura de ella con una delicadeza que contrastaba con la rigidez de su cuerpo.

—Ven aquí —murmuró—. Despacio.

La besó.

No fue un beso desesperado; fue profundo, lento, como si quisiera saborear cada segundo. Sus labios se movieron contra los de ella con hambre contenida, su lengua rozando la de Savanna en caricias que la hicieron temblar. Mientras que para Ian el calor de su boca era como una llama que se extendía por su pecho.

La droga amplificaba todo: el sabor de ella, el olor de su piel, el roce suave de sus pechos contra su torso, haciendo que su miembro palpitara contra el vientre de Savanna, dejando una marca húmeda de anticipación.

Al sentirlo, ella jadeó contra su boca.

Pero no había miedo.

Solo un calor líquido que se acumulaba entre sus piernas, un deseo que llevaba años dormido y que ahora despertaba con fuerza. En consecuencia, sus manos subieron por el estómago de Ian, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo sus palmas. Él era sólido, real, masculino de una forma que la hacía sentir protegida en vez de amenazada.

Entonces él la giró con facilidad y la apretó en la cama. Se colocó encima de ella, apoyando el peso en los antebrazos para no aplastarla, mientras sus ojos azules, con las pupilas dilatadas por la sustancia, la recorrían entera.

—Me estás matando —susurró bajo y ronco—. Pero quiero ir despacio contigo.

Bajó la cabeza y tomó uno de sus pechos en la boca. Su lengua rodeó el pezón rosado con lentitud deliberada, succionando suave al principio, pero luego con más presión. Savanna arqueó la espalda y soltó un gemido bajo, largo. Sintiendo cada lamida como una descarga directa a su clítoris. Sus pezones, ya sensibles, se endurecieron aún más bajo la boca caliente de Ian.

Hacía tanto tiempo… desde los dieciséis. Y sin embargo, con él no dolía el recuerdo.

Había solo placer. Solo ganas.

Entonces Ian deslizó la mano libre por el costado de ella, bajando hasta apretar su nalga con fuerza posesiva pero controlada.

—Quiero sentirte —pidió contra su piel—. Toda.

Savanna separó las piernas sin pensarlo, invitándolo. Sus dedos se enredaron en el cabello negro de Ian, tirando suavemente, atrayéndolo a ella.

—Ven —musitó mirándolo—. Hazme tuya.

Ian se posicionó.

La cabeza ancha de su pene rozó la entrada de ella, húmeda y caliente. Empujó despacio, centímetro a centímetro.

El primer contacto fue como fuego.

Savanna estaba apretada, caliente, mojada de una forma que lo envolvió como un guante de terciopelo.

Gruñó, bajo y gutural, conteniendo el impulso de embestir fuerte.

La droga gritaba en sus venas que se perdiera en ella, pero él se mordió el labio y avanzó lento, sintiendo cómo las paredes internas de Savanna se abrían para él, palpitando alrededor de su grosor.

—Ah… m****a —susurró, con la frente pegada a la de ella—. Estás… tan caliente. Tan apretada. Me vuelves loco… Savanna… muy loco.

Ella jadeó, clavándole las uñas en los hombros de él. Cada pulgada de él la estiraba de una forma perfecta, rozando puntos que ni siquiera sabía que existían. Ahora su clítoris latía contra el hueso pélvico de Ian, enviando chispas de placer por todo su cuerpo.

—Más… —pidió ella—. Por favor… Ian…

Entonces él empezó a moverse. Le dio embestidas lentas, profundas y controladas. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, sentía cómo el placer se acumulaba en la base de su columna. Sus pectorales se tensaban con cada empujón, los abdominales marcados se contraían visiblemente, al mismo tiempo que la droga multiplicaba las sensaciones: el roce de la piel de Savanna contra la suya era eléctrico, el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose lo volvía loco.

—Sí… Ian… sí…

Sus gemidos combinados con las contracciones de su canal lo tenían al límite. Ian apretó sus nalgas de ella para atraerla más profundo y luego buscó su boca, mientras la penetraba, tragándose sus gemidos.

Savanna sentía cada embestida como una ola.

C29- NO CREO QUE PUEDA PARAR. 1

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