C30: SOMOS FAMILIA.
Los cuerpos seguían entrelazados bajo las sábanas de seda. El rastro del sexo impregnaba el aire de la habitación. Savanna deslizó las yemas de los dedos por el pectoral de Ian, siguiendo el relieve de un tatuaje.
—Ian, lo de la gala... —Su voz salió preocupada. Ahora que el éxtasis había pasado, el hecho golpeaba con fuerza—. ¿Quién te drogó? ¿Y por qué?
La mandíbula de Ian se apretó, convirtiéndose en una línea de granito. Sus dedos se cerraron sobre la sábana, arrugándola.
—Fue una camarera —soltó él, con las cuerdas vocales vibrando en un tono bajo—. No sé quién es. Pero voy a encontrarla.
Savanna sintió un tirón en el estómago por el tono de su voz, sin embargo, buscó refugio en el hueco de su cuello. El pecho de Ian subía y bajaba con una cadencia mecánica. No había mentira en su voz, solo una frialdad que congelaba el aire.
Y ella cerró los ojos, entregándose al peso de sus párpados.
El sol de la mañana golpeó con fuerza. Pero el lado izquierdo de la cama estaba frío y Savanna abrió los ojos de inmediato. Estaba por llamarlo, cuando el aroma a masa tostada y grano de café molido trepó por el pasillo. Saltó del colchón, enfundándose la camisa de lino blanca de Ian. La tela le rozaba los muslos mientras caminaba descalza hacia el origen del ruido.
Y lo vio.
Ian manejaba la espátula con precisión frente a la cocina de inducción. El torso desnudo exhibía cada músculo en tensión de su espalda; mientras el delantal cubría su abdomen. Se giró al oír el roce de los pies contra el suelo.
—El desayuno está listo —dijo él, trazando una sonrisa que hizo que el estómago de Savanna revoloteara.
—Vaya… no solo eres guapo y también sabes cocinar.
Savanna trepó al taburete de la barra y un segundo después, el café humeante apareció frente a ella.
—Tengo muchas virtudes mi amor… Solo has conocido dos… —Ian le besó rápidamente los labios antes de girar y volver a la cocina—. Anoche conociste una… —la miró con una sonrisa divertida y coqueta—. Esta es otra.
Las mejillas de Savanna se calentaron al pensar en todo lo que había hecho la noche anterior. Quizás debería estar arrepentida, pero no lo estaba. En cambio sentía que fue la mejor decisión de su vida.
Aun así… el no saber de su esposo, era una pequeña espina que le dolía.
—Nunca hablas de ti —lanzó ella, envolviendo la taza con las manos—. ¿De verdad… fuiste SEAL?
Ian vertió leche en su propia taza. El chorro era constante, sin un solo temblor.
—Me enlisté a los veinte. —respondió—. Necesitaba estructura, control y algo en qué… descargar mis demonios...
Ante el tono de su voz Savanna sintió un escalofrío, pero no por ella. Sino por aquel responsable de esos demonios que Ian mencionaba.
—Y no me arrepiento —continuó Ian—. Conocí personas increíbles, como Grayson Maxwell por ejemplo.
Las cejas de Savanna se alzaron.
—¿Es tu amigo?



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!