C42: CONEXIÓN CON LOS HAYES.
El Mercedes negro se deslizó por las calles y dentro, el silencio era un campo de minas. Savanna miraba por la ventana, pero sus dedos no dejaban de presionar el cierre de su bolso de mano, entonces Ian rompió la distancia.
Se desplazó por el asiento de cuero y redujo el espacio a nada. Sin preguntar, tomó la mano de su esposa.
—Tiemblas —observó.
—Es el discurso. Hay mucha prensa —fue una verdad a medias, pensaba en los resultados de ADN. Pero también estaba nerviosa.
Ian no respondió con palabras. En su lugar, entrelazó sus dedos con los de ella y elevó su mano para depositar un beso lento en el dorso. No apartó la vista de sus ojos. Fue un gesto de devoción absoluta, el tipo de contacto que prometía protección total contra el mundo. Savanna sintió un nudo en la garganta; amaba a este hombre, pero las dudas y secretos de él, la estaban asfixiando.
—Respira —le susurró Ian al oído—. Eres la dueña de ese lugar. Yo solo soy tu sombra.
Savanna le dio una sonrisa y la burbuja estalló cuando llegaron. Al bajar del auto, el brazo de Ian le rodeó la cintura guiándola. Pero antes de llegar a la entrada, una figura elegante y con una sonrisa cargada de veneno les cortó el paso.
Arthur los esperaba con una copa de champaña en la mano y analizando cada milímetro de la pareja. A su lado, Elias mantenía una postura rígida, claramente incómodo con la cercanía de ambos.
—Vaya, sobrina. —soltó Arthur recorriendo a Ian con la mirada, deteniéndose en las mangas de su esmoquin con una mueca de asco—. Veo que has logrado que el soldado aprenda a anudarse la corbata. Pero… aunque el traje sea caro, la percha sigue oliendo a cuartel y a clase obrera. Ten cuidado, Ian, no vayas a confundir el cubierto de pescado con una bayoneta. Aquí no servimos raciones de combate.
Ian no parpadeó. Su rostro era una máscara de granito, mientras que Savanna estaba a punto de explotar.
—Ar…
—La cortesía no se compra con acciones, Arthur. —interrumpió Ian manteniendo la calma—. Algunos nacen con ella, otros mueren intentando imitarla.
—¡Qué elocuente! —Arthur soltó una carcajada cizañera—. Mírenlo. El héroe de guerra convertido en accesorio de lujo. Dime, Ian, ¿cuánto te paga mi sobrina por escoltarla? Sé que este matrimonio…
—Suficiente, Arthur. —Elias intervino con una voz neutral, aunque sus ojos no se desviaban de los movimientos de Ian—. Hola, Savanna. Ian. —Extendió la mano hacia Ian, pero no fue un saludo cordial; fue una prueba. Al estrecharla, Elias aplicó una presión específica—. Te ves... cómodo para ser alguien que no viene de este entorno.
Ian le dio una sonrisa fría.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!