C53: PELEA POR ELLA.
MANSIÓN DEVERAUX
Elias empujó las puertas dobles de la entrada. El mármol blanco brillaba bajo las lámparas de araña y tres empleados se inclinaron al verlo.
—Buenas noches, señor Deveraux.
Elias sonrió y una empleada mayor se acercó.
—Su madre está en el estudio de pintura.
—Gracias, Margaret.
Subió las escaleras. Giró a la izquierda y tocó la puerta.
—Adelante.
Giró el pomo.
El estudio era enorme, con ventanales del suelo al techo, había lienzos por todas partes y en el centro, frente a un caballete, estaba su madre.
Isabelle Deveraux.
Sesenta años, cabello oscuro recogido en un moño elegante y ojos azules que atravesaban.
—Mi niño —dijo, dejando el pincel en la paleta. Se quitó el delantal y caminó hacia él con los brazos abiertos.
Elias se inclinó y ella le besó ambas mejillas.
—¿Estás trabajando en tu próxima colección?
Isabelle se rio, tomó su rostro entre sus manos y le puso un poco de pintura blanca en la nariz.
—Siempre tan curioso. Como cuando tenías cinco años y arruinabas mis cuadros.
Luego fue por un pañuelo y le limpió la nariz con devoción.
—Siempre olvido que mi bebé ya no es bebé —murmuró, mirándolo con ternura.
Elias le dio una mirada suave.
—Siempre seré tu bebé, mamá. Como siempre dices: estás recuperando el tiempo perdido, muchos años madre... te extrañé.
Isabelle sonrió y tomó su mano.
—Pero volví a ti, ¿no...? Ahora dime, ¿te quedarás a cenar?
Elias le quitó un poco de pintura de la mejilla.
—Para eso estoy aquí.
El comedor era opulencia pura.
Elias e Isabelle cenaban en un extremo.
Solos.
Ella cortó un trozo de salmón.
—¿Cómo van las inversiones en el sector tecnológico?
—Mejor de lo esperado. Cerramos un trato con una startup de inteligencia artificial. Proyecciones de crecimiento del treinta por ciento en dos años.
Isabelle lo miró con orgullo.
—Sabía que lo harías bien.
Bebió vino, luego lo miró con esos ojos que siempre veían demasiado.
—¿Has visto a Savanna?
La mano de Elias se detuvo a medio camino hacia su boca, hizo una pausa y dejó el tenedor.
—Sí, madre. Pero... ahora es diferente.
—Diferente, dices.
—Está casada.
Isabelle se quedó mirándolo. Por un momento, ninguno de los dos dijo nada, luego ella volvió a cortar un trozo de salmón.
—¿Y eso es impedimento para ti, amor?
Elias no respondió.
Su madre siempre había visto a Savanna como su nuera. La única que aprobaría de hecho. Desde que eran niños, todos asumían que se casarían, que unirían las fortunas Deveraux y Hayes.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!