C62-SIEMPRE TE EXTRAÑO.
Jodie miró a Braxton un segundo más.
El aire dentro del auto se volvió espeso, eléctrico. Ninguno de los dos hablaba, pero la tensión crecía con cada respiración. Braxton era un peligro para Jodie, ella lo sabía. Él tenía esa mezcla de nerd y peligro: gafas de marco negro, mandíbula marcada, hombros anchos bajo la camisa arrugada.
Y para colmo sonreía como si supiera exactamente el efecto que causaba. Nerviosa y queriendo salir de allí, abrió la puerta de golpe con intención de bajar. Pero Braxton estiró el brazo y le atrapó la muñeca; sus dedos largos y cálidos la sujetaron sin apretar demasiado.
Se inclinó hacia ella.
—No huyas tan rápido, Jodie. Todavía no terminé de mirarte.
El aliento se le cortó y el corazón le golpeó fuerte contra las costillas.
—Ya es tarde, debo irme —dijo ella luchando por no sonar afectada.
Braxton la miró un segundo más, antes de soltarla despacio, dejando que sus dedos rozaran la piel de su muñeca.
Jodie bajó sin decir nada y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
En el ático, Ian empujó la puerta con Savanna todavía en brazos. Ella balanceaba la cabeza contra su pecho y hablaba con la lengua pesada.
—…y cuando tenía diez años le corté el pelo a mi muñeca con tijeras de cocina… quedó pelada, parecía un alien. Mi mamá se enojó tanto que me dejó sin postre una semana… —soltó una risita ebria—. Era tan fea después… pobrecita.
Ian atravesó la sala cargándola como si no pesara nada. De repente Savanna levantó la cara y le clavó los ojos vidriosos.
—Mi esposo es tan sexy… mirá esos brazos… pero es un mentiroso de m****a. Un mentiroso guapo. Lo amo mucho… mucho… pero es un mentiroso.
Ian tragó saliva.
Cada palabra le apretaba el pecho. Siguió caminando hacia la habitación principal. Cuando llegaron, la dejó caer sobre la cama. Savanna rebotó y levantó los brazos al aire entre risas.
—¡Yujuuu! —gritó divertida, riendo como una niña.
Ian se quedó parado un segundo, mirándola. La falda se le había subido por los muslos, tenía el cabello rubio desparramado sobre las sábanas y las mejillas sonrojadas.
Era una visión de pecado.
Sin embargo, tragó fuerte y empezó a quitarle una bota.
Cuando le quitó la primera, Savanna levantó el pie libre y lo apoyó en el pecho de él, empujándolo despacio hacia atrás con una sonrisa pícara.
—Uy… qué fuerte estás…
—Savanna —regañó él con dulzura, agarrándole el tobillo—. Pórtate bien.
Le sacó la segunda bota y la dejó en el suelo. Tomó el bolso que llevaba colgado al hombro y lo puso sobre la mesita de noche.
—Ya está. Duerme. Mañana seguro que amaneces con dolor de cabeza.
Se giró para irse. Pero ella le atrapó la muñeca.
—No tan rápido, cariño —dijo, sensual, todavía borracha pero descarada.
Ian se detuvo. Se miraron y los ojos de ella brillaban con picardía y deseo.
—Termina de quitarme todo… ¿o vas a dejarme así?
Ian tragó saliva de nuevo; ahora el pulso le latía visible en el cuello.
Era un hecho que estaba loco por ella.
Se quedó quieto, con la muñeca atrapada en la mano de Savanna. Cuando de repente ella tiró de él hacia la cama con fuerza inesperada y sus labios chocaron contra los de él, borrachos pero hambrientos.
Lo besó profundo, metiendo la lengua, mordiéndole el labio inferior.


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