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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 68

C69: ¿QUÉ NEGOCIOS TIENES CON LOS HAYES?

Damon abrió los ojos con un quejido.

El dolor en la nuca era punzante, cuando enfocó la vista y vio las esposas que lo sujetaban a la silla de metal, el pánico explotó en su pecho. Forcejeó con fuerza, tirando de las cadenas hasta que el metal le mordió las muñecas.

—No sirve de nada —dijo una voz fría desde las sombras—. No te vas a liberar.

Damon levantó la cabeza. Frente a él estaba un hombre alto, de cabello oscuro y gafas negras, mirándolo como quien observa un insecto.

—¿Dónde está él? ¿Quién carajo eres tú?

Braxton se acercó con pasos lentos y se inclinó hasta quedar a su altura.

—No tengo por qué darte explicaciones. En cambio, tú sí estás aquí para darlas.

Damon apretó los puños y gruñó con rabia.

—Dile que venga de una vez, si tanto quiere vengarse. O es que se esconde detrás de perros falderos como tú.

Braxton entrecerró los ojos y sin decir una palabra, le incrustó un puñetazo brutal en el estómago.

Damon se dobló hacia adelante, soltando todo el aire.

—Sabes… tengo mucha ira acumulada —dijo mirando sus nudillos—. Resulta que la chica que me gusta lleva dos putos días evitándome. ¿Puedes creerlo?

Otro puñetazo, esta vez más fuerte. Damon tosió, luchando por respirar.

—Y lo peor es que cogimos. Muchas veces. Y ahora… —otro golpe seco— ¡me trata como si no existiera!

Dos puñetazos más y Damon jadeaba, con el cuerpo sacudido por el dolor. Braxton se irguió, acomodándose las gafas con total tranquilidad.

—Bueno, ahora tengo menos ira acumulada gracias a ti.

En ese momento se oyeron pasos y Braxton giró la cabeza.

—Te ayudaba a entrar en calor mientras tú le dabas las buenas noches a Savanna.

Ian guardó el teléfono sin contestar la puya y se acercó. Su expresión era hielo puro. Agarró a Damon del cabello y le levantó la cabeza.

—Bien. Vayamos al grano —espetó—. White y tú fueron parte del incendio. Pero sé que son cuatro. ¿Quiénes son los otros dos?

Damon respiraba con dificultad, con los ojos inyectados en sangre, mirando fijamente al hijo de un hombre muerto hacía diecisiete años. Y supo que no había salida para él, porque ahora estaba del otro lado del tablero.

Así que tartamudeó.

—¿Dónde… dónde está mi hijo? Por favor…

—Tu inútil hijo estará bien si cooperas. Pero si te niegas… una bala te perforará la sien antes de que termines de respirar.

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