C83-DAME OTRA OPORTUNIDAD.
El SUV negro se deslizó hasta detenerse frente al complejo de edificios. Jodie le sonrió a Braxton, y luego bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre su regazo.
—Gracias por traerme… y por el pollo.
Braxton se giró hacia ella, despacio, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Quiero verte sonreír, Jodie. Así. Exactamente así —su voz era grave, baja, casi un secreto—. Y quiero que sepas algo: el mundo no se acaba porque un imbécil no supo ver lo que tenía delante. Se acaba para él. No para ti.
El corazón de Jodie se sacudió.
Las palabras se le clavaron en el pecho como brasas. Nadie le había hablado así. Nadie la había mirado de la forma como él la miraba. Braxton bajó la voz aún más, volviéndose íntimo, casi reverente.
—Tú me gustas, Jodie. Mucho. Y no he podido sacarte de mi cabeza desde el día que te conocí. Pero también sé leer a una mujer, y sé que necesitas tiempo para sanar. Así que voy a estar aquí. Como amigo. Como lo que tú me dejes ser… hasta que decidas.
Jodie tragó saliva.
Y sin decir nada, se inclinó y le besó la comisura de los labios.
—Eres especial, Braxton. Muy especial.
Cuando se apartó, él sonrió. Y fue una sonrisa peligrosa de pura esperanza contenida.
—Bueno… no esperaba eso —murmuró sonriente—. Ahora voy a dormir como un rey después de ese beso.
Jodie rio y abrió la puerta. Cuando iba a cerrarla, él la detuvo.
—¿Cine el sábado? ¿En mi casa?
Ella lo miró un instante, evaluándolo, luego asintió.
—Llevaré palomitas.
Braxton le guiñó un ojo. Jodie sonrió y se giró hacia el edificio.
Solo cuando ella desapareció tras las puertas de cristal, Braxton habló con esa convicción que lo caracterizaba.
—Vas a ser la madre de mis hijos, Jodie. Te lo aseguro.
Subió el vidrio.
En el edificio, Jodie llegó a su piso todavía sonriendo.
Estar cerca de Braxton le hacía bien.
La hacía olvidar, aunque fuera por un rato, el desastre en el que se había convertido su vida, específicamente desde que ella y Savanna habían roto su amistad.
Braxton… Braxton era el primer aire limpio en mucho tiempo. Estaba pensando en eso cuando se detuvo en seco, porque sentado en el suelo frente a la puerta de su departamento, estaba Elias.
—Tú… ¿qué haces aquí?
Elias levantó la cabeza despacio.
Tenía los ojos enrojecidos, hundidos. El cabello hecho un desastre. La camisa de marca arrugada, manchada. Olía a whisky barato —algo impensable en un hombre como él.
Parecía un fantasma de sí mismo.
—Necesito hablar contigo.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!