C82- QUIERO TODO CONTIGO.
La cabaña de Ian era todo lo que Savanna no esperaba.
Lujosa pero acogedora. Paredes de madera oscura, ventanales enormes que dejaban ver el bosque, muebles de cuero y una chimenea de piedra que ocupaba toda la pared principal. Ya había anochecido. Ian estaba frente a la chimenea, sin camisa, acomodando los leños. Los músculos de su espalda se tensaban con cada movimiento. El fuego iluminaba su piel bronceada, marcando cada línea de su abdomen, y el sudor le brillaba en la frente; además, tenía el cabello ligeramente despeinado.
En ese momento, Savanna bajó las escaleras y se detuvo ante la escena. Lo miró más de un minuto y su cuerpo reaccionó al instante. El calor le subió por el vientre con tanta fuerza que la obligó a apretar los muslos.
Terminó de bajar y sonrió.
—¿Desde cuándo eres leñador?
Ian se giró al escuchar su voz. Al verla, sonrió.
—Desde que decidí traer a mi esposa a una cabaña romántica en medio de la nada.
Savanna se acercó para besarlo, pero él levantó una mano, deteniéndola.
—Estoy sudado.
Ella alzó una ceja y lo miró de arriba abajo, mordiéndose el labio.
—Justamente por eso quiero besarte. Te ves jodidamente sexy así.
Ian se rio, pero antes de que pudiera responder, ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
El beso fue profundo. Hambriento. Ian la apretó contra él y ella gimió suavemente contra sus labios.
Cuando se apartaron, Savanna respiraba entrecortadamente.
—La cena está lista.
Él asintió, con los ojos todavía clavados en sus labios.
—Voy a refrescarme. Puede que a mi mujer le guste así, pero yo quiero estar más presentable para ella.
Savanna se rio mientras él subía las escaleras.
Poco después, bajó. Llevaba solo unos pantalones de algodón colgando bajo su cadera, marcando la V de su parte baja, y de repente Savanna sintió hambre, pero de su marido.
Aun así dejó escapar un suspiro.
—Si sigues bajando así, vamos a saltarnos la cena.
Ian sonrió y se sentó frente a ella en la mesa.
—No me molesta.
Comieron en silencio por un momento. Savanna había preparado pasta con salsa de tomate y albahaca. Nada complicado, pero hecho con amor. Ian la miraba de vez en cuando, con esa expresión que ella conocía bien.
La expresión que decía "eres mía y no puedo creer mi suerte".
Pero entonces Savanna dejó el tenedor en el plato y su rostro cambió; de hecho, palideció.
Ian se enderezó al instante.
—¿Qué pasa?
Ella negó con la cabeza, llevándose una mano al estómago.
—Nada, es solo que... de repente esto... me dio ganas de vomitar.
—¿Está malo? Le pedí a Braxton que comprara todo fresco... ¡Carajos! Le patearé el trasero a ese…
Savanna se rio y bebió agua. Luego lo miró con diversión.
—Para ser tan inteligente, eres poco analítico, ¿sabes? Estas náuseas están desde hace días.
Ian se tensó todavía más y la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Estás enferma? ¿Savanna, qué tienes? ¿Es grave?
Ella rodó los ojos, divertida.
—No estoy enferma, Ian. Estoy embarazada.
El mundo de Ian se detuvo. Por un momento, no dijo nada. Solo la miró, con los ojos fijos en los de ella, procesando las palabras.
Y ahora fue Savanna quien lo miró preocupada.
—¿No estás feliz?
Ian seguía en silencio.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!