El frío de la sala de hospital no era una simple cuestión de temperatura; era una entidad viva que parecía filtrarse a través de la piel de Elara, instalándose directamente en sus huesos. El aire olía a una mezcla estéril de desinfectante barato y desesperación acumulada. El pitido rítmico y monótono de la máquina de signos vitales se había convertido en la única banda sonora de su existencia desde hacía tres años, un metrónomo cruel que contaba los segundos de una vida en pausa.
Con sus manos ásperas, agrietadas por el uso constante de jabones industriales en su trabajo de limpieza, Elara acomodó la sábana de su padre con una ternura infinita. Sus dedos rozaron la piel pálida y casi transparente del hombre que alguna vez fue su héroe.
—Hoy tampoco despertaste, papá —susurró, y su voz se quebró en el aire viciado de la habitación 116—. Pero no me rendiré. Conseguí el turno doble en la cafetería y sigo con las limpiezas en el edificio del centro. No dejaré que te desconecten, te lo prometo.
Elara se sentó en la silla de plástico rígido, sacando de su bolsillo un fajo de billetes arrugados. Los contó uno a uno, sintiendo un nudo en la garganta. Ochenta dólares. No era suficiente. Nunca era suficiente. El hospital amenazaba con trasladarlo a una unidad de cuidados mínimos si no liquidaba la deuda de la última cirugía antes del viernes. Ella sabía lo que eso significaba: dejarlo morir en el olvido.
Lo que Elara no sospechaba era que, mientras ella luchaba por céntimos, el motor de su destino ya se había puesto en marcha a kilómetros de allí. En un ático que parecía flotar sobre las nubes de la ciudad, donde el lujo era tan cortante como el cristal, un hombre observaba una fotografía. Dante Vance no era un hombre que creyera en el perdón. Su imperio financiero se había construido sobre la lógica fría, pero en ese momento, su pecho ardía con una sed de venganza primitiva.
En la foto, una mujer reía despreocupada, sosteniendo una copa de champán. Llevaba un vestido de seda esmeralda que costaba más de lo que una familia promedio ganaba en un año de arduo trabajo.
—Ese rostro... —gruñó Dante. El cristal del marco crujió bajo la presión de sus dedos—. Esa sonrisa fue lo último que mi hermano vio antes de que su coche se convirtiera en un amasijo de hierro en el fondo del barranco. Ella lo empujó al abismo con sus mentiras... y ahora yo la empujaré al mío.
Dante soltó el marco roto y fijó su mirada en el vacío, dejando que el silencio del ático se llenara con su odio. Había analizado cada opción con la frialdad de un verdugo: la cárcel era demasiado simple; los abogados la sacarían en meses y volvería a reírse del mundo. No. Él necesitaba algo que la asfixiara día tras día, una trampa de la que no existiera salida legal posible.
—Matarte sería demasiado piadoso, Camila —murmuró, y su voz fue un susurro gélido que pareció congelar el aire—. La muerte es un instante, un suspiro de alivio que no mereces. Lo que tú necesitas es una condena perpetua.
Se inclinó sobre la mesa, como si ella estuviera allí mismo, sintiendo ya el peso de su victoria.
—Te arrastraré a un matrimonio donde cada centímetro de tu cuerpo y cada minuto de tu tiempo me pertenezcan legalmente. Serás mi esposa ante el mundo, pero mi prisionera tras las puertas de mi casa. Te destruiré bajo el amparo de la ley.
Dante era un hombre de recursos ilimitados, pero su odio le había creado un punto ciego. No sabía nada de gemelas separadas al nacer; de una madre que huyó con una hija hacia la opulencia y otra que se quedó en la miseria. Para él, solo existía una mujer con esos ojos grandes y esa boca que parecía una invitación al pecado. Camila. La mujer que debía pagar.
Tres días después, la tormenta alcanzó a Elara. Eran las dos de la mañana. Elara salía de su turno en la cafetería, con los hombros caídos por el peso de dieciséis horas de trabajo. El callejón lateral estaba sumido en sombras, pero un coche negro, lujoso y brillante, bloqueaba la salida. Elara se detuvo en seco. El vello de su nuca se erizó. La puerta trasera del vehículo se abrió y un hombre descendió.
El aire escapó de los pulmones de Elara. No era solo su altura imponente o el traje a medida; era el aura de peligro absoluto que lo envolvía. Sus ojos, oscuros y gélidos como el grafito, la recorrieron con un desprecio tan físico que ella retrocedió hasta chocar contra la pared de ladrillos.
—¿Intentas huir de nuevo, Camila? —La voz del hombre era baja, profunda, un susurro que cortaba como una navaja.


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