El peso de la confesión quedó suspendido en el aire gélido de la terraza, denso y asfixiante. Elara sentía el pecho de Dante subir y bajar con una violencia contenida contra el suyo, mientras sus propios sollozos eran el único sonido que rasgaba el silencio de la Quinta Avenida. Al mencionar a su hija, la armadura que había forjado durante cinco años de exilio simplemente se hizo añicos.
Dante la estrechó más fuerte, sus manos grandes y firmes rodeándola con una posesividad que ella reconocía hasta en sus pesadillas más profundas. Una calidez que no pedía permiso; reclamaba.
—¿Elara? —repitió él, y esta vez el nombre no fue un susurro, sino un rugido roto, cargado de esperanza.
Elara sintió un escalofrío eléctrico recorrerle la espina dorsal. ¿Lo había dicho? ¿O era su propia conciencia traicionándola? La lucidez regresó a ella como una bofetada de realidad. El alcohol seguía en su sistema, pero el miedo por Amara era un sobrio recordatorio de que no podía permitirse flaquear.
Se apartó bruscamente del abrazo de Dante, limpiándose las lágrimas con un gesto violento que casi estropea el maquillaje de sus pómulos.
—Se equivoca de nombre, señor Vance —dijo ella, recuperando su voz de "Doctora Ríos", aunque el tono le salió más quebrado de lo que pretendía—. No sé quién es esa mujer, pero sospecho que es la razón por la que usted busca fantasmas en cada esquina.
Dante la observó con los ojos entrecerrados, su supuesta embriaguez desvaneciéndose como humo.
—No juegue conmigo, doctora. Acaba de confesar que su hija se está muriendo. Acaba de romperse en mis brazos —Dante dio un paso hacia ella, acorralándola contra el barandal de cristal—. Dígame la verdad... ¿Por qué aceptó el caso de mi madre? ¿Qué busca de mí?
Elara se obligó a sostenerle la mirada. Tenía que darle una razón lógica que él pudiera aceptar, algo que encajara con su fachada.
—Acepté porque su Fundación tiene los recursos que ningún otro hospital posee —mintió ella, aunque con una base de verdad—. No busco su dinero, Vance; mi carrera me ha dado lo suficiente para vivir con lujos. Pero usted tiene acceso a los bancos de órganos privados y a los especialistas en genética más exclusivos de este país. Necesito ese acceso para salvar a Amara. Mi hija tiene una insuficiencia medular severa... y se me acaba el tiempo.
Dante guardó silencio. Su mente, rápida y letal, empezó a unir los puntos. Una hija secreta, una enfermedad genética, una madre dispuesta a meterse en la boca del lobo.

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