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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 102

El traslado a la mansión Vance fue una operación de precisión quirúrgica. Bajo la mirada vigilante de Marcus y el equipo de seguridad, la ambulancia medicalizada que transportaba a Amara cruzó los portones de la propiedad. Elara sentía que cada metro que avanzaban era un clavo más en el ataúd de su anonimato.

​—Recuerda lo que acordamos, Rosa —susurró Elara mientras ayudaba a bajar el equipo médico—. Mateo no puede salir de la suite de invitados. Si alguien lo ve, el parecido será nuestro fin.

​Rosa asintió, apretando la mano del pequeño Mateo, quien miraba con asombro los inmensos ventanales y la estructura minimalista de la mansión.

​—Tranquila, hija. Si alguien pregunta, yo me encargo —respondió Rosa, aunque su voz temblaba.

​Dante los esperaba en el vestíbulo principal. No vestía traje; llevaba un jersey negro de cuello alto que lo hacía parecer una sombra imponente contra el mármol blanco. Sus ojos se fijaron de inmediato en la camilla donde Amara descansaba, pero su instinto, ese que lo había hecho un tiburón en los negocios, detectó un movimiento tras el grupo de enfermeras.

​—Doctora Ríos —dijo Dante, su voz retumbando en el gran salón—. Veo que ha traído ayuda adicional.

​Dante caminó hacia ellos con la elegancia de un animal de caza. Se detuvo a dos metros de Rosa, quien intentaba ocultar a Mateo tras sus faldas.

​—Es mi asistente personal y ama de llaves, señor Vance —intervino Elara, interponiéndose en su camino—. Debido a la condición de mi hija, necesito a alguien de absoluta confianza que me ayude con los cuidados especiales.

​Dante no apartó la vista de Rosa.

—¿Y el niño? —preguntó él, su voz volviéndose peligrosamente baja—. No recuerdo que el informe mencionara a un segundo infante.

​Elara sintió que el corazón se le detenía. Pero antes de que pudiera abrir la boca, Rosa dio un paso al frente con una valentía que dejó a Elara muda.

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