La casa estaba sumida en esa calma tensa que precede a las grandes decisiones. Amara finalmente dormía, estabilizada, pero el aire en la habitación todavía vibraba con el eco de la presencia de Dante. Elara se había dejado caer en el sofá de la estancia contigua, con la cabeza entre las manos. Ya no había batas blancas ni máscaras profesionales; solo quedaba una mujer agotada que sentía cómo su mundo, el que había construido con tanto cuidado en el exilio, se desmoronaba bajo el peso de la realidad.
Sintió una presencia en la puerta. No necesitó mirar para saber quién era. El aroma a tabaco caro y sándalo lo precedía siempre. Dante entró sin hacer ruido, con la camisa desabotonada en el cuello y las mangas recogidas, revelando los rastros del cansancio en su propia piel. Sus ojos grises, antes fríos, ahora parecían cenizas de una fogata que se negaba a apagarse.
Se detuvo frente al ventanal, dándole la espalda.
—Mateo se quedó dormido en mi despacho —dijo Dante, su voz baja, casi un susurro que cortaba el silencio—. Estaba tratando de ordenar mis plumas por tamaño. No quería que Rosa lo llevara a su cuarto hasta que yo terminara de firmar los documentos.
Elara levantó la vista, sintiendo un nudo en la garganta.
—Él siempre busca el orden cuando se siente inseguro. Es su forma de controlar el caos.
Dante se giró lentamente. La luz de la luna bañaba su rostro, acentuando las líneas de amargura alrededor de su boca.
—¿Y qué es lo que él siente que es un caos ahora, Elara? ¿Su padre apareciendo de la nada o su madre escondiéndose en un rincón porque no sabe cómo explicar cinco años de mentiras?
Elara se puso de pie, enfrentándolo, pero no con rabia, sino con una tristeza que la hacía ver pequeña frente a él.
—Hice lo que creí que era correcto, Dante. Pensé que podía darles una vida normal, lejos de las guerras de poder y de los apellidos que pesan como lápidas.
—¿Normal? —Dante dio un paso hacia ella, su mirada gris clavada en la suya—. ¿Llamas normal a que mi hijo me mire como si fuera un experimento científico? ¿A que mi hija me pregunte cuánto cuesta mi medicina? Les diste seguridad, pero les quitaste su identidad. Y me quitaste a mí la única oportunidad que tenía de ser algo más que un hombre que solo sabe hacer dinero.
Dante se sentó en el borde de la mesa, la misma donde horas antes Mateo había jugado con sus cosas. Pasó la mano por la superficie de madera, como si buscara el rastro del niño.
—Hoy, cuando Mateo me dio esa palmadita en la espalda antes de quedarse dormido... —Dante hizo una pausa, su mandíbula apretada—, me sentí como el hombre más pobre del mundo. Me di cuenta de que tengo edificios en tres continentes, pero no sabía cuál era el color favorito de mi propio hijo.

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