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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 108

La recuperación de Amara tras el trasplante fue, en palabras de los médicos de la Fundación, un milagro biológico. Pero Dante sabía que no era solo ciencia; era la sangre Vance reclamando su lugar, fortaleciendo el cuerpo de la pequeña con la misma voluntad de hierro que había construido su imperio.

​Tres días después del procedimiento, el ambiente en la mansión había cambiado. El ala médica ya no se sentía como un hospital, sino como el centro de gravedad de la casa. Amara ya se sentaba en la cama, recuperando el color en sus mejillas. Aunque estaba débil, su mirada había adquirido una claridad asombrosa, observando cada rincón de la habitación con una curiosidad que rozaba lo clínico.

​Dante, a pesar del dolor persistente en la zona de la extracción, se negaba a alejarse. Había instalado su despacho portátil en la suite médica. Quería que lo primero que sus hijos vieran al despertar fuera a él.

​Esa tarde, Dante estaba inmerso en un complejo análisis de riesgos de una adquisición internacional. No se percató de que Mateo se había acercado sigilosamente hasta quedar a su lado. El niño no miraba los colores de la pantalla; miraba los patrones de las gráficas.

​—Esa línea roja está mal —dijo Mateo con una voz pequeña pero firme.

​Dante se detuvo en seco y bajó la tableta, mirando al niño con sorpresa.

—¿De qué hablas, Mateo?

​—La línea roja siempre baja cuando la azul sube, pero ahí se quedaron juntas. Eso significa que algo se rompió —explicó el niño, señalando un punto exacto de la fluctuación del mercado—. Como cuando el termómetro de Amara se queda quieto y mami dice que hay un error.

​Dante sintió un escalofrío de orgullo y asombro. Mateo no solo estaba mirando; estaba deduciendo lógica de sistemas complejos a los cinco años. Era un Vance en estado puro.

​—Tienes razón. Es un error de proyección —murmuró Dante, cerrando el archivo y dedicándole toda su atención al niño—. Tienes una mente muy rápida, Mateo. ¿Tu madre te enseña estas cosas?

​—Mami dice que nosotros no vemos el mundo como los demás —respondió Mateo, sentándose en la alfombra frente a su padre—. Dice que vemos las piezas del rompecabezas antes de armarlo. ¿Tú también las ves así?

​Dante se inclinó hacia adelante, fascinado.

—Todo el tiempo. Y a veces, eso hace que te sientas muy solo, porque nadie más entiende cómo encajan las piezas.

​Mateo asintió con una madurez que le partió el alma a Dante.

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