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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 111

El aire en la biblioteca de la mansión era denso, cargado con el aroma de libros antiguos y el persistente rastro del café de la mañana. Elara cerró la carpeta médica de Eleonora y suspiró, sintiendo una pequeña victoria personal en medio del caos. Dante estaba de pie junto al ventanal, observando el jardín, con los hombros tensos y la mirada perdida en el horizonte.

​—Dante —dijo ella en voz baja—. He terminado de revisar a tu madre. Los niveles de inflamación han bajado considerablemente. El tratamiento está funcionando mejor de lo que esperábamos.

​Dante se giró lentamente. La mención de su madre suavizó sus facciones por un segundo, pero sus ojos grises rápidamente volvieron a fijarse en Elara con esa intensidad que ella no lograba descifrar.

—Gracias, Elara. Por todo. Aunque me cueste admitirlo, sé que nadie más podría haber logrado este milagro. La "Doctora Ríos" resultó ser la única persona que podía salvarla.

​Elara asintió, pero antes de que la conversación pudiera tornarse más personal, un grito de alegría pura rompió el silencio desde el exterior.

​A través de los cristales, vieron la escena que Dante había soñado durante noches enteras. Amara, finalmente recuperada, corría por el césped con una vitalidad que parecía imposible hace apenas una semana. Su cabello castaño ondeaba al viento y sus mejillas tenían ese color rosado que gritaba salud. A su lado, Mateo corría tratando de atrapar una mariposa, riendo a carcajadas.

​—Mira, Mateo —gritó Amara, deteniéndose frente a una de las fuentes de mármol—. ¡Este lugar es gigante! ¡Parece el castillo de los cuentos que mami nos leía!

​Dante observaba a la niña recorrer la propiedad, su propiedad, con una expresión de devoción absoluta. Verla allí, apropiándose de cada rincón de su mundo, era el regalo que nunca esperó.

​—Es el día —murmuró Dante—. Finalmente son libres en su propia casa.

​Sin embargo, la paz se hizo añicos cuando el sonido de unos tacones afilados golpeó el pavimento de la entrada principal. Seraphina irrumpió en el jardín, luciendo un vestido de seda amarilla que contrastaba violentamente con la calma del lugar. Se detuvo en seco al ver a Elara salir por las puertas francesas para vigilar a los niños.

​Seraphina palideció. Sus ojos se abrieron desorbitados, pasando de Elara —quien ya no llevaba rastro de su disfraz de doctora— a los dos niños que jugaban cerca. El silencio que siguió fue sepulcral.

​—Tú... —la voz de Seraphina salió como un graznido—. ¿Tú qué haces aquí? ¿Dónde está Dante? ¡Exijo que alguien me explique qué hace esta mujer aquí!

​Seraphina caminó hacia Elara con la mano alzada, temblando de rabia.

—¿Cómo te atreves a entrar en esta casa después de lo que hiciste? ¡Lárgate antes de que llame a la policía por invasión de propiedad!

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