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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 116

El beso en el asiento trasero del coche no disminuyó la tensión; la multiplicó. Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente a la imponente entrada de la mansión, el aire entre los dos quemaba. Dante bajó primero y, sin darle espacio a la distancia, tomó a Elara de la mano con un agarre firme, dominante, arrastrándola prácticamente hacia el interior. Los pasos de ambos resonaban en el mármol, un eco apresurado que se extinguió en cuanto cruzaron el umbral de la habitación principal de Dante.

​La puerta se cerró con un golpe seco, y con ese sonido, el mundo exterior, los niños que dormían a unos pasillos de distancia, el pasado y las justificaciones se desvanecieron. Solo quedaban ellos.

​Dante la acorraló contra la madera noble de la puerta antes de que ella pudiera encender una sola luz. La penumbra de la estancia, apenas rota por el resplandor de la luna que se filtraba por el ventanal, se volvió el escenario de un reclamo que llevaba largo tiempo madurando en las sombras.

​—Dante… —el nombre de él salió como un suspiro trunco, una súplica que no sabía si pedía clemencia o destrucción.

​—Cállate, Elara —susurró él, su voz ronca, rota por una necesidad primitiva—. Llevo demasiado tiempo escuchando tu silencio. Ya no más.

​Dante se inclinó y la reclamó con una violencia hambrienta. Sus labios se estrellaron contra los de ella con una ferocidad que buscaba borrar el rastro de cualquier otra mirada, de cualquier juego de bar, de cualquier distancia. No era un beso de reconciliación; era una toma de territorio. Su lengua forzó la entrada con una familiaridad devastadora, devorándola, mientras sus manos se enterraban en el moño bajo de Elara, tirando con la fuerza justa para obligarla a curvar el cuello y entregarse por completo al asalto. Elara gimió, un sonido ahogado que encendió aún más el pulso de Dante. Sus manos, que por lógica debieron empujarlo, subieron por los hombros de su chaqueta oscura, aferrándose a la tela, desgarrando la distancia física entre sus cuerpos hasta que sintió la dureza de la pelvis de él presionando contra la suya.

​El calor los envolvió como una ola densa. Dante bajó el beso por la línea de su mandíbula, directo al lóbulo de su oreja, donde su respiración agitada le erizó la piel. Elara echó la cabeza hacia atrás, jadeando, entregándose al recorrido de esos labios que conocían cada centímetro de su anatomía mejor que ella misma.

​—Eres mía —gruñó él contra su piel, su aliento quemándole la carne—. Dilo. Di que no te has olvidado de esto.

​—Nunca… nunca me olvidé —confesó ella en un arrebato de honestidad brutal, las lágrimas del deseo acumulándose en sus ojos mientras sentía las manos grandes de Dante descender por su espalda, buscando con desesperación el cierre de su vestido de cóctel oscuro.

​El sonido del carril deslizándose hacia abajo fue el preludio del desastre. La tela elegante se abrió, revelando la piel pálida de sus hombros bajo el resplandor plateado. Dante apartó las mangas con brusquedad, dejando que el vestido cayera hasta la alfombra, dejándola en una delicada lencería de encaje que acentuaba la curva de sus caderas y la turgencia de sus pechos. Dante se detuvo solo un segundo, sus ojos oscurecidos fijos en el espectáculo de su cuerpo recuperado. El aire en sus pulmones parecía fuego.

​Con una lentitud tortuosa que contrastaba con la prisa anterior, Dante inclinó la cabeza y posó sus labios en la base de su cuello. Su boca descendió por la clavícula, delineando el hueso con besos húmedos y mordiscos sutiles que hacían que Elara arqueara la espalda, buscando más de ese tormento dulce. Sus dedos se enredaron en el cabello de Dante, guiándolo, perdiendo toda la postura de la doctora fría y la madre protectora. En esa habitación, ella era solo una mujer encendida por el único hombre que tenía la llave de su sumisión y su placer.

​Dante desprendió entonces el encaje que cubría sus pechos, liberándolos por completo bajo la claridad de la noche. Bajó la cabeza directamente hacia la zona más sensible de Elara, aquella que la hacía perder toda la cordura y desear desesperadamente más. Sus labios rodearon uno de sus senos, atrapando el pezón erecto para succionarlo con una lentitud que la hizo soltar un grito ahogado. Su lengua comenzó a delinear la piel sensible en círculos húmedos y calientes, mientras su mano apretaba el otro pecho con una constricción implacable que la obligó a aferrarse a sus hombros con las uñas clavadas. Cada caricia y cada mordisco sutil en esa zona tan vulnerable desarmaban por completo las defensas de Elara, derritiéndola por dentro y arrancándole jadeos que solo le pedían que no se detuviera.

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