La mansión Vance, en ausencia de Elara, se sentía como un mecanismo de relojería perfectamente aceitado, pero desprovisto de su pulso vital. Dante siempre había amado el silencio, la soledad que le permitía procesar sus movimientos financieros y sus estrategias de poder. Sin embargo, esta noche, el silencio le resultaba abrasivo.
En la sala de estar, la televisión proyectaba una película animada sobre exploradores espaciales. Mateo estaba sentado en la alfombra, con la mandíbula caída mientras observaba una nave despegar, mientras que Amara, más pragmática, leía un libro de ilustraciones botánicas apoyada en el brazo del sofá, justo al lado de su padre.
Había descubierto que era padre hacía apenas unos días, y cada minuto que pasaba con ellos le llenaba el corazón de una alegría inmensa que nunca creyó posible. Por primera vez en su vida, sentía que el tiempo finalmente tenía un propósito real. Ver a sus hijos allí, seguros y relajados, le producía una satisfacción primitiva y poderosa. Se descubrió a sí mismo acariciando distraídamente el cabello de Amara, un gesto tan natural que incluso él se sorprendió.
—¿Mami va a tardar mucho? —preguntó Mateo sin apartar la vista de la pantalla—. Dijo que era una cena, pero ya es muy tarde.
Dante consultó su reloj. Las diez de la noche.
—Mami está con sus amigos, Mateo. No te preocupes, yo estoy aquí.
—¿Tú no tienes amigos, papá? —soltó Amara, cerrando su libro y clavando sus ojos analíticos en él.
Dante soltó una risa seca, una que no llegaba a sus ojos.
—Tengo gente con la que trabajo, pero prefiero estar aquí con ustedes. Me gusta la paz de casa.
—Es que mami es especial —dijo la niña con sencillez—. Todos quieren estar cerca de ella. Siempre.
Dante asintió, sintiendo que un nudo de orgullo y una punzada de paranoia se entrelazaban en su pecho.
—Sí que lo es, pequeña. Demasiado especial.
Subir a los niños y prepararlos para dormir fue una experiencia reveladora. Elara lo hacía parecer fácil, pero Dante se encontró lidiando con la energía inagotable de Mateo y las preguntas existenciales de Amara antes de cerrar los ojos. Finalmente, tras arroparlos y asegurarse de que la temperatura de la habitación fuera la ideal, salió al pasillo en penumbra.
La casa quedó sumida en un vacío pesado. Dante bajó al despacho y se sirvió un whisky, pero no encendió las luces. Se sentó frente al ventanal, observando el horizonte de la ciudad. Su teléfono, colocado sobre el escritorio de caoba, vibró.
Era Marcus.
Dante no había dado la orden explícita de "espionaje", pero Marcus conocía bien a su jefe. Sabía que el silencio de Dante era una demanda de información. El primer mensaje contenía una fotografía tomada desde la distancia, a través de los ventanales de un bar exclusivo en el centro.
En la imagen, Elara reía. Estaba sentada entre Sophie y un hombre rubio que Dante reconoció de inmediato, un antiguo compañero que siempre había orbitado cerca de ella. Ella sostenía una copa de vino y su rostro irradiaba una luz que Dante no veía desde que llegó a la mansión. Estaba relajada. Estaba... lejos de él.
Dante apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El sentimiento que le recorrió el pecho no era solo celos; era una posesividad territorial que amenazaba con desbordarse.
Cerca de la medianoche, la paciencia de Dante se agotó. No era un hombre de esperar sentado mientras otros disfrutaban de lo que le pertenecía. Se puso el saco oscuro con movimientos lentos, casi rituales. Sus ojos, antes suavizados por la paternidad, ahora eran dos abismos de obsidiana. Tomó las llaves de su coche deportivo —una bestia de ingeniería negra— y salió de la mansión.
El motor despertó con un estruendo que rompió el silencio de la noche. Dante no condujo; ejecutó el asfalto. El coche salió disparado por el camino de entrada, los neumáticos chirriando contra el pavimento mientras la aguja del velocímetro subía con una urgencia violenta. Cada segundo de distancia era una tortura. En su mente, solo se repetía una frase: "Ella es mía, y el mundo necesita recordarlo".
El bar "El Alquimista" era un lugar de techos altos, luz tenue y música lounge que invitaba a la confidencia. Dante entró por la puerta lateral, la que conducía a la zona VIP, un nivel ligeramente elevado que le permitía ver toda la sala sin ser el centro de atención. Se sentó en un rincón sombrío, pidió un whisky doble y esperó.
Desde su posición, podía ver la mesa del reencuentro. Eran unos doce médicos, todos brindando y recordando anécdotas.
De pronto, el ambiente cambió. Alguien propuso un juego de retos, algo infantil que solían hacer en sus años de residencia para aliviar el estrés. Elara se veía un poco incómoda pero participativa. Sophie, siempre la instigadora, hizo girar una botella sobre la mesa. El cuello de la misma apuntó directamente a Elara, y la base hacia el chico rubio, Miguel.
—¡Reto! —gritó el grupo entre risas y aplausos.

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