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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 122

El amanecer sobre la urbanización residencial discreta no tenía el eco imponente ni la solemnidad de la mansión Vance. Aquí, a través de las ventanas de la nueva propiedad independiente que Dante había adquirido para ella, el sol se filtraba entre las copas de los árboles de un barrio tranquilo, arrastrando el murmullo lejano de vecinos que salían a sus rutinas. No había un ejército de sirvientes moviéndose en silencio por pasillos de mármol. Solo estaba ella, sus hijos y las cajas que contenían el inicio de su intento de paz.

​Elara se terminó de abotonar la blusa de lino, contemplándose en el espejo. Aunque Dante había respetado su exigencia de mantener un perfil bajo alejado del circuito de la élite, ella sabía perfectamente que la seguridad invisible del magnate estaba apostada a una manzana de distancia. No se trataba de orgullo ni de concesiones; era una medida necesaria para mantener a Mateo y Amara a salvo del mundo exterior tras la sangrienta noche de la gala.

​—¡Mami! ¡Mira el patio, tiene un árbol gigante! —la voz de Mateo resonó desde la planta baja, llena de esa energía infantil que la balacera de la noche anterior no había logrado extinguir del todo.

​Elara bajó las escaleras y se encontró con sus hijos en el salón, donde Rosa ya organizaba algunos juguetes en una alfombra clara. Amara, más observadora y callada que su hermano, miraba a su alrededor con cautela, sosteniendo su pequeña mochila de mariposas contra su pecho.

—Hoy mamá tiene que ir al jardín de infantes —les dijo Elara, agachándose a su altura y acomodándole con manos temblorosas la mochila de mariposas a Amara. Voy a hablar con las maestras y a entregar sus papeles para que, por primera vez, puedan ir a la escuela. Van a conocer a otros niños y a jugar mucho. Hoy se quedarán aquí con Rosa explorando la casa, ¿de acuerdo?

​—¿Y podemos salir al jardín? —preguntó Mateo con los ojos iluminados.

​—Sí, pero solo con Rosa. Mamá volverá en un par de horas —respondió Elara, besando las mejillas de ambos.

​Antes de salir hacia la escuela del barrio para iniciar los trámites de inscripción, el sonido del timbre interrumpió la mañana. Al abrir la puerta, el rostro cansado de Elara se iluminó por primera vez en días. Sophie estaba de pie en el umbral, vestida con ropa cómoda y cargando una canasta con panecillos frescos y frutas.

​—Dante me dijo dónde te habías metido —dijo Sophie, entrando de inmediato y envolviendo a Elara en un abrazo cálido y apretado—. Dios mío, Elara... vi las noticias. Estaba muerta de miedo por ti y por los niños. ¿Cómo estás? ¿Cómo están los pequeños?

​—Sobreviviendo, Sophie —susurró Elara, sintiendo un nudo en la garganta al recibir el apoyo de su amiga—. Camila.. ella murió en el asfalto... Todavía no puedo procesarlo.

​Sophie la guió hacia la cocina, dejando la canasta sobre la mesada.

​—Hiciste lo que cualquier madre habría hecho para proteger a sus hijos, no te juzgues por eso —sentenció Sophie con firmeza, mirándola a los ojos—. Hoy no pienso dejarte sola. Rosa y yo nos encargaremos de los niños y de empezar a desempacar estas cajas mientras tú vas a hacer tus pendientes. Sé que tienes que ir a la clínica a revisar a Eleonora.

​Elara asintió, profundamente agradecida por la lealtad de Sophie.

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