El tic tac del reloj de pared en la cocina marcaba las seis en punto cuando el sonido de unos pasos firmes sobre la grava del porche anunció su llegada. Elara, que terminaba de acomodar los cubiertos en la mesa, sintió un vuelco repentino en el estómago. Trató de respirar hondo, pero al caminar hacia la entrada principal, su corazón comenzó a latir con una fuerza incontrolable, casi con la timidez y el ritmo alborotado de una adolescente.
Cuando abrió la puerta, el aire fresco de la tarde entró con él, impregnado con su aroma característico a madera y sándalo. Dante estaba allí de pie. Traía la chaqueta del traje colgada sobre el hombro y la camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello, revelando la línea fuerte de su clavícula. Elara lo recorrió con la mirada en un segundo y, en la intimidad de sus pensamientos, no pudo evitar admitir lo increíblemente guapo que era su hombre; esa mezcla de poder absoluto, facciones perfectamente esculpidas y una masculinidad arrolladora que siempre la desarmaba, sin importar cuánta distancia intentara poner.
—Buenas noches, Elara —dijo él, su voz una vibración grave que pareció resonar directamente en el pecho de la doctora.
—Buenas noches, Dante... Pasa —respondió ella, tratando de mantener la voz firme mientras se hacía a un lado, aunque sus manos temblaban levemente.
—¡Papá! —Mateo fue el primero en reaccionar, dejando caer sus juguetes y lanzándose a correr por el pasillo hasta estrellarse con adoración contra las piernas de su padre.
Dante soltó la chaqueta e inmediatamente se agachó para levantarlo en brazos, apretándolo contra sí. Amara, que al principio observaba la escena desde la sala con su habitual cautela, miró a Dante con esos ojos grandes y expresivos. Al ver la enorme sonrisa de su hermano y la mirada llena de amor puro que su padre le dedicaba, la niña venció toda timidez; caminó a paso rápido y también se lanzó hacia ellos, buscando el afecto de su padre. Dante rodeó a ambos niños con sus brazos fuertes, cerrando los ojos por un instante mientras se sumergía en la calidez de su familia. Elara los contempló desde el umbral, sintiendo cómo se le derretía el corazón ante esa imagen.
La cena se sirvió en un ambiente donde las risas de los niños llenaban cada espacio. Dante se sentó a la mesa y se dedicó por completo a escuchar las ocurrencias de Mateo, demostrando una paciencia y una devoción que contrastaban con su faceta de magnate implacable. Sin embargo, en medio de las risas, la inocencia infantil dejó caer una bomba que congeló el aire.
—Papá... ¿por qué ya no vivimos todos juntos en la misma casa? —preguntó Mateo con la cuchara en la mano, mirando alternativamente a sus padres.
Amara dejó su vaso sobre la mesa y apoyó la barbilla en sus manos, complementando la duda de su hermano:
—Sí, ¿por qué tú no duermes en la habitación con mami? En la otra casa sus camas no estaban juntas.
Elara sintió que el rubor le subía por el cuello hasta las mejillas y desvió la mirada hacia su plato, completamente descolocada por la honestidad de sus hijos. Dante, por su parte, mantuvo la compostura, pero sus ojos oscuros se clavaron de inmediato en Elara, cargados de una intensidad eléctrica, antes de volverse hacia los niños.
—Mamá y yo estamos ordenando algunas cosas importantes de nuestro trabajo —explicó Dante con una voz suave pero firme—. A veces los adultos necesitamos un poco de espacio para hacer que todo funcione mejor. Pero eso no cambia cuánto los amamos.
—Entonces... ¿te puedes quedar a dormir hoy aquí con nosotros? ¡Por favor! —le rogó Mateo, juntando las manos—. Hay una cama grande arriba donde cabemos todos.
Dante y Elara se miraron fijamente a los ojos a través de la mesa. La tensión sexual y emocional floreció entre ellos en un segundo, densa, pesada y ardiente. Elara le sostuvo la mirada, el pecho subiendo y bajando con rapidez, debatiéndose entre la necesidad de mantener su espacio y el deseo inconfesable de tenerlo cerca tras el trauma de la noche anterior.
—Tu padre tiene que trabajar temprano mañana, Mateo... —empezó a decir Elara con la voz un tanto quebrada.

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