El pasillo en penumbras parecía encogerse con cada uno de sus pasos. Dante avanzaba en silencio, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro dibujaban líneas rígidas bajo la escasa luz lunar que se filtraba por el ventanal del fondo. En sus manos no llevaba nada, pero en su mente cargaba con el peso de veintisiete años de secretos, humillaciones y el eco de una venganza dinástica que había destruido la vida de la única mujer que amaba.
Al llegar frente a la puerta de la alcoba principal, se detuvo. Su respiración era entrecortada, pesada. Dudó solo un segundo antes de girar el picaporte con suavidad. La puerta cedió sin hacer ruido.
Elara no estaba dormida. Se encontraba sentada en el borde de la cama, vistiendo un camisón de seda claro, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en la ventana que daba al jardín trasero. Al escuchar la sutil corriente de aire, levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver la imponente figura de Dante recortada contra la oscuridad del umbral. Su pecho subió notablemente bajo la seda; verlo así, descalzo, mostrando la musculatura firme de su pecho y sus hombros esculpidos, encendió de inmediato una chispa de alerta y deseo que intentó aplacar de inmediato.
—Dante... ¿Qué haces aquí? —susurró ella, forzando un tono de reproche que se quebró a la mitad—. Dijimos que te quedarías en la habitación de huéspedes.
Dante no respondió de inmediato. Cerró la puerta a sus espaldas con una lentitud casi solemne y caminó hacia ella. No había en sus movimientos la arrogancia depredadora de otras veces; sus ojos habitualmente fríos y calculadores, estaban inundados por una vulnerabilidad tan cruda que Elara se quedó sin aliento. Se detuvo a escasos centímetros de sus pies, quedando de pie frente a ella, mirándola desde arriba como si estuviera ante su propio juez.
—Tienes que escucharme—dijo él, su voz una vibración ronca, rasgada por la emoción—. Marcus logró abrir el disco duro de Julián. Todo lo que creíamos saber sobre el origen de Camila, sobre tu pasado... es una mentira piadosa comparada con la realidad.
Elara se tensó, encogiendo los hombros de forma instintiva. El tono de Dante le advirtió que lo que venía iba a resquebrajar los cimientos de su identidad.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué descubriste?
Dante exhaló un suspiro pesado, clavando las manos en los bolsillos de sus pantalones oscuros para evitar la tentación de tocarla.
—Hace veintisiete años, tu madre biológica estuvo obsesionada con mi padre. Él la usó, la humilló y la desechó públicamente para casarse con mi madre por conveniencia. Esa mujer llena de rencor y odio, prometió que la estirpe Vance pagaría por su humillación. Cuando nacieron ustedes, de forma prematura, ella te vio nacer tan pequeña, tan sumamente débil que pensó que ibas a morir en cuestión de días. Te consideró un desecho, Elara. Por puro egoísmo y desprecio, te abandonó a tu suerte. Tu padre, el hombre humilde que te crió, te recogió y te dio el único hogar real que existió en esta historia.
Elara sintió un golpe seco en el centro del pecho. Su respiración se detuvo por un instante.
—Ella... ¿me abandonó porque pensó que me moriría? —preguntó, su voz apenas un hilo de aire.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada