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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 127

El silencio que cayó sobre la suite de cuidados intensivos fue tan cortante como un bisturí. Dante se quedó inmóvil junto al umbral de la puerta, con la mano aún apoyada en la manija cromada y el semblante de piedra. Sus ojos oscuros e indescifrables se fijaron en la escena: su madre, la implacable Eleonora Vance, estaba despierta. Pero no había rastro de la altivez aristocrática con la que siempre gobernó a la familia; se la veía frágil, rota, aferrando la muñeca de Elara con una desesperación que jamás le había mostrado a un solo ser humano en su vida.

​Elara sintió la intensa mirada de su esposo clavarse como un puñal sobre su espalda, pero no retiró la mano del hombro de Eleonora. Debajo de sus dedos, los músculos de la anciana temblaban sin control. En ese instante, el monitor cardíaco comenzó a emitir pitidos acelerados, un ritmo errático que reflejaba el caos emocional y el pánico de la paciente.

​—Dante... —susurró Elara, manteniendo la voz lo más calmada y profesional posible, aunque el pulso se le había acelerado—. Acaba de reaccionar. No dejes que te vea alterado; su presión arterial está al límite.

​Dante avanzó con pasos lentos, pesados y calculados. El eco de sus zapatos italianos fue amortiguado por el piso de la suite médica, pero cada paso parecía hacer vibrar las paredes de la habitación. A medida que se acercaba al borde de la cama, Eleonora parpadeó con fuerza, luchando desesperadamente contra la densa neblina del coma inducido. Sus ojos, inyectados en sangre y desprovistos de su antiguo brillo calculador, pasaron de Elara a Dante.

​Al enfocar la imponente figura de su hijo mayor, la matriarca experimentó un estremecimiento visible que hizo tintinear las líneas de los sueros. Con Dante siempre había sido fría, distante, exigente hasta la crueldad; él era el heredero fuerte que no necesitaba protección, el hombre que por sí solo había tomado las riendas de la Corporación Vance y había levantado el imperio a niveles internacionales mientras ella lo miraba con recelo. Pero su devoción, su debilidad ciega y el destino de su amor maternal, siempre habían pertenecido a Julián.

​Eleonora emitió un gemido ahogado a través del tubo endotraqueal, un sonido rústico y desesperado. Negaba con la cabeza mientras las lágrimas corrían por las profundas arrugas de sus sienes, humedeciendo las sábanas blancas de la clínica. Elara supo de inmediato lo que debía hacer; el instinto médico prevaleció sobre cualquier resentimiento pasado.

​—Está intentando hablar, pero el respirador se lo impide —intervino Elara, observando las pantallas con precisión analítica—. Sus reflejos glóticos están estables. Dante, voy a proceder con la extubación de inmediato para evitar una lesión o un paro por hiperventilación.

​—Hazlo —ordenó Dante, cruzando los brazos sobre su ancho pecho.

​Su tono no era el de un hijo aliviado por milagro de la medicina, sino el de un juez implacable que aguardaba respuestas.

​Elara se movió con agilidad profesional, liberando la fijación del tubo con maniobras expertas y seguras.

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