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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 128

Eleonora contuvo el aliento, encogiéndose en la cama. Cerró los ojos con una agonía indescriptible, apretando los párpados mientras las lágrimas se perdían en sus sienes. En el fondo de su corazón de madre, en esos rincones oscuros que siempre había evitado mirar, ella siempre había intuido la naturaleza inestable, psicópata y manipuladora de su hijo menor. Pero el orgullo del apellido Vance había sido su religión. Ver a Dante allí, tan entero, tan impecable, confrontándola con las pruebas irrefutables de la podredumbre de Julián, terminó de demoler su fortaleza de mentiras.

​—Lo sé... ¡Dios mío, lo sé! —gimió Eleonora, cubriéndose el rostro con sus manos débiles, incapaz de sostenerle la mirada a su hijo—. Protegí tanto a Julián que me volví ciega.... Elara... por favor... te lo suplico... no me dejes morir con esta culpa devorándome el alma... Perdóname...

​Elara observó a la mujer que alguna vez fue la reina indiscutible de la alta sociedad , ahora reducida a una anciana rota que suplicaba redención a la persona que más odió. Sintió una profunda compasión, pero también una inmensa e idílica paz interior al comprender que el pasado, las humillaciones y las sombras de los Vance ya no tenían ningún poder sobre ella.

​—Su vida está fuera de peligro, Eleonora. Descanse y deje que los medicamentos hagan su trabajo. Por mi parte, ya no hay nada que perdonar; el pasado se quedó en el pasado —dijo Elara con una suavidad imperturbable, dándole una última mirada profesional a los monitores antes de dar un paso atrás, soltándose de su agarre.

​Dante no dijo una sola palabra más. No miró el llanto de su madre ni mostró un ápice de flaqueza. Le dio la espalda a la cama de hospital, rodeó firmemente la cintura de Elara con su brazo posesivo y la guió con determinación hacia la salida de la suite médica. Los médicos de guardia y las enfermeras entrarían en un segundo a encargarse de la estabilización. Su deber allí había terminado.

Al salir al pasillo esterilizado de la clínica, el silencio los envolvió. Dante caminó junto a ella hasta el ascensor privado y, en cuanto las puertas metálicas se cerraron aislándolos del mundo, el magnate la acorraló suavemente contra la pared de los espejos.

​Toda la rigidez corporativa, la fachada imperturbable y la frialdad implacable con la que Dante había manejado a la junta directiva y a su madre se derritieron en un milisegundo.

​Sus ojos oscuros, cargados de una intensidad devoradora y salvaje, se clavaron en los de Elara. Levantó una mano grande, cálida y ligeramente trémula, acunando su mejilla con una ternura infinita que contrastaba con la fuerza de su cuerpo.

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