El aire en la habitación principal parecía haberse consumido, dejando un vacío denso que quemaba al respirar. Dante seguía de espaldas, una estatua de músculo y resentimiento recortada contra el ventanal que mostraba una ciudad indiferente a su tragedia. Elara, ovillada sobre las sábanas de seda negra que se sentían como lava contra su piel, solo podía escuchar su propia respiración entrecortada.
—Quítatelo —repitió Dante. Su voz no era un ruego; era el chasquido de un látigo—. El uniforme, Camila. No quiero ver ese disfraz de cordero ni un segundo más.
Elara tiritaba. Sus dedos, entumecidos por el miedo, subieron al primer botón del rígido cuello gris. Cada movimiento le pesaba una tonelada. Pensó en Adrián, sangrando en el sótano bajo las botas de esos hombres; pensó en su padre, cuyo corazón dependía de un cable que Dante podía cortar con una sola llamada.
—Si lo hago... ¿lo dejarás ir? —susurró ella, su voz apenas un hilo de seda rompiéndose—. Prometiste que si me casaba contigo, mi padre estaría a salvo. Ahora Adrián... él no tiene la culpa.
Dante se giró lentamente. Sus ojos de grafito se clavaron en ella con una intensidad que la hizo querer desaparecer. Se acercó a la cama con la elegancia de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene a dónde ir.
—Eso dependerá de ti —dijo él, deteniéndose a un milímetro de ella. El aroma a sándalo y whisky la envolvió, una mezcla embriagadora y peligrosa—. Dependerá de qué tan dispuesta estés a borrar el recuerdo de ese... chico de tu piel. Porque a partir de esta noche, no quedará rastro de nadie más en ti. Solo yo.
Elara cerró los ojos y terminó de desabrochar el uniforme. La prenda cayó al suelo con un susurro sordo, dejándola vulnerable, vestida solo con una sencilla ropa interior de algodón que gritaba su verdadera realidad: la de una chica pobre que nunca debió estar en esa cama de reyes.
Dante soltó un gruñido bajo, una mezcla de asco y un deseo que lo quemaba por dentro. Sus manos, grandes y callosas, atraparon la cintura de Elara, tirando de ella hacia el centro de la cama. El contraste era brutal: la blancura casi virginal de ella contra la oscuridad de él.
—Mírame —ordenó Dante, presionando su cuerpo contra el de ella. Elara sintió el calor volcánico de su torso desnudo, la dureza de un hombre forjado en la guerra de los negocios y el odio—. Quiero que veas quién te está reclamando. No es tu vecino con olor a café barato. Soy el hombre que posee tu pasado, tu presente y, si me place, tu último suspiro.
Él la besó. No fue un beso de amor, fue una invasión. Sus labios sabían a castigo y a una sed desesperada que Elara no pudo comprender. Ella intentó mantenerse rígida, un cadáver de mármol que no siente, pero Dante era experto en quebrar voluntades. Sus manos recorrieron su espalda, encendiendo incendios a su paso, marcando su territorio con una posesividad que rozaba la locura.
—Te odio —sollozó Elara contra su boca, mientras las lágrimas humedecían sus mejillas.
—Lo sé —susurró él, bajando sus besos hacia la curva de su cuello, justo donde el pulso de ella latía desbocado—. Y ese odio es lo único real que tienes. Úsalo. Aráñame, grita, pero no te atrevas a pensar en él. Porque cada vez que lo hagas, yo estaré aquí para recordarte a quién le perteneces legal y físicamente.
Dante la tomó con una urgencia que rayaba en lo salvaje. En su mente, él estaba librando una batalla contra el fantasma de su hermano muerto y contra el brillo de inocencia que veía en los ojos de Elara. Quería destruirla para no tener que amarla; quería que ella fuera la villana que él necesitaba que fuera para justificar su crueldad.
Sin embargo, cuando sus cuerpos se fundieron en uno solo, Dante se detuvo un segundo. Hubo una resistencia, una fragilidad que no encajaba con la imagen de la mujer fatal que él había perseguido. Por un instante fugaz, el brillo de la duda cruzó su mirada gélida. ¿Cómo podía Camila ser tan... estrecha, tan nueva? Pero el demonio de sus celos fue más fuerte. Si era una actuación, era la mejor de su vida, y él la castigaría por ello.

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