El despertar fue una caída libre hacia una realidad que Elara hubiera preferido olvidar entre las brumas del sueño. La luz del amanecer se filtraba por los pesados ventanales de la mansión Vance, cayendo sobre las sábanas de mil hilos con una pureza que se sentía como un insulto. Elara se movió apenas unos milímetros, sintiendo el roce de la seda contra su piel, y un gemido de pura vergüenza escapó de su garganta. El lado de la cama de Dante estaba vacío, pero el aire aún vibraba con su rastro: ese aroma a sándalo, tabaco caro y un peligro que la envolvía como una mortaja.
Se odiaba. Se odiaba con una intensidad que le quemaba las entrañas porque, a pesar del terror, a pesar de saber que Adrián estaba encerrado en algún lugar bajo sus pies y que su padre luchaba por respirar en una clínica que Dante controlaba como un dios caprichoso, su cuerpo había traicionado su voluntad. El recuerdo de la urgencia de Dante la noche anterior, de la forma salvaje en la que la había reclamado, la hacía querer arrancarse la piel. ¿Cómo podía haber respondido a un hombre que la trataba como a una criminal? Se sentía sucia, no por el acto en sí, sino por la chispa de placer que Dante había logrado arrancar de su agonía. Cada caricia de él había sido una invasión, y sin embargo, en la oscuridad, ella se había quemado en su fuego.
—Eres una traidora —se susurró a sí misma, enterrando el rostro en la almohada que aún olía a él—. Una maldita traidora.
No tuvo tiempo para el lamento. La puerta se abrió sin previo aviso. No hubo un toque de cortesía, solo el sonido metálico del pomo girando. Martha, la ama de llaves, entró seguida por una procesión de estilistas silenciosos. No la saludaron; la trataron como a un maniquí de porcelana que debía ser restaurado para una exhibición.
Lavaron su cuerpo con esponjas suaves que se sentían como lija sobre su piel sensible. Perfumaron su cuello, ocultando con maquillaje las marcas que Dante había dejado, y la vistieron con un diseño de seda esmeralda que resaltaba su palidez enfermiza. Elara se miró al espejo y sintió náuseas. La chica de la cafetería, la que usaba uniformes desgastados y soñadora, había desaparecido. En su lugar, había una extraña vestida de reina, una máscara perfecta de la mujer que Dante tanto odiaba.
El comedor principal era una oda al poder gélido. Dante estaba sentado a la cabecera, impecable en un traje negro que parecía una armadura de seda. Al verla entrar, sus ojos de grafito recorrieron el cuerpo de Elara con una intensidad que la hizo temblar. Había una mezcla de lascivia residual y un odio renovado en su mirada; se odiaba a sí mismo por haberla deseado, por haber permitido que "ella" volviera a entrar bajo su guardia a través de la piel.
Dante hizo un gesto imperceptible con la mano. Martha se acercó de inmediato, colocando una bandeja de plata frente a Elara. En el centro, solitaria y amenazante, descansaba una pastilla anticonceptiva junto a un vaso de agua cristalina.
—Tómala —ordenó Dante. Su voz era un latigazo ronco que llenó el silencio del salón—. No quiero que nada de tu sangre corrupta manche el linaje de los Vance. Fuiste la perdición de Julian, pero no serás la madre de mis hijos. No permitiré que un monstruo como tú deje descendencia en esta casa. Eres una herramienta, Camila. Una propiedad destinada al placer y al castigo, nada más.
Elara sintió que el frío del mármol subía por sus piernas hasta congelarle el corazón. Miró la pequeña pastilla blanca, el símbolo definitivo de su deshumanización. Dante la veía como un recipiente de maldad, una semilla que no debía germinar.
—Dante, por favor... yo no soy quien tú crees... —susurró ella, con las manos temblando tanto que el agua del vaso vibraba—. Mi nombre es Elara, nunca conocí a tu hermano...
—Ahorrate la actuación —la cortó él, levantándose con una brusquedad que hizo chirriar la silla—. He escuchado esa mentira mil veces y cada vez suena más patética. "Elara" es solo un nombre que inventaste para esconderte en la miseria, una piel de cordero para una loba asesina. Pero hoy no hay máscaras que valgan. Es el aniversario de la muerte de Julian, y mi madre ha venido a verte. Quiere ver el rostro de la mujer que le arrebató a su hijo favorito. Y más te vale que tu papel de "esposa sumisa" sea perfecto, o el respirador de tu padre dejará de funcionar antes de que termine el día.
La entrada de la señora Vance fue como una ráfaga de viento ártico que barrió cualquier rastro de calidez en la habitación. Era una mujer de una elegancia marchita, vestida de un negro riguroso, con ojos que solo conocían el luto y una boca amargada por la pérdida. Al ver a Elara, su rostro se contrajo en una mueca de puro asco, como si hubiera encontrado una rata en su salón de té.
—Así que aquí estás —dijo la mujer, su voz vibrando con un odio añejado en el dolor—. Viviendo en el lujo que mi hijo debería estar disfrutando. Usando ese nombre estúpido, intentando fingir una inocencia que no te pertenece. ¿Crees que porque sedujiste a Dante, el mundo olvidará que dejaste a Julian desangrándose en ese barranco?

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