Un alboroto generalizado estalló entre los invitados, que comenzaron a moverse en sus asientos, llenos de confusión. En la entrada del palacio de cristal, burlando la seguridad exterior, apareció Seraphina. Su aspecto era espeluznante. Llevaba un vestido de seda verde esmeralda que se ceñía a su cuerpo, pero su rostro estaba pálido, desencajado, y su cabello pelirrojo colgaba desordenado sobre sus hombros, empapado por el sudor de la demencia. Tenía los ojos inyectados en sangre, desorbitados, fijos únicamente en la pareja que estaba en el altar.
—¡Seraphina, detente ahí mismo! —rugió Marcus, avanzando con tres hombres del equipo de seguridad.
—¡No me toquen! ¡Aléjense de mí! —chilló Seraphina, dando traspiés por el pasillo central, empujando los arreglos florales a su paso. Su voz resonaba contra las paredes de vidrio, multiplicándose en un eco estridente—. ¡Dante! ¿Por qué nunca me elegiste a mí? ¡Estuve siempre a tu lado! ¡Siempre esperé aunque sea una sola mirada! ¡Yo soy la única que te supo amar de verdad! ¡¿Qué me falta?! ¡¿Qué tiene ella que no tenga yo?!
Elara dio un paso atrás, horrorizada por la violencia que emanaba de la mujer. Dante se interpuso de inmediato con un reflejo posesivo, mientras sus ojos se volvían dos rendijas de puro fuego oscuro.
—Vete de aquí, Seraphina —dijo Dante, y su voz no fue un grito, sino un susurro mortal que cortó el aire—. No voy a repetírtelo. Sal de mi propiedad ahora mismo.
Seraphina soltó una carcajada rota, un sonido desprovisto de cualquier pizca de cordura. Las lágrimas corrían por sus mejillas, arrastrando el carmín de sus ojos por toda la cara.
—¿Que me vaya? ¡Te quedaste con esta mujerzuela de barrios bajos! —gritó, señalando con desprecio a Elara por encima del hombro de Dante—. ¡Ahora se las da de gran señora! ¡No me importa lo que sea ahora, eso no le quita su origen pobre y asqueroso! ¡Siempre serás una basura al lado de él, Elara! ¡Una maldita intrusa!
Los murmullos de los invitados eran un hervidero de pánico. La señora Rosa, con el rostro blanco como el papel, abrazó a Mateo y a Amara contra su pecho, tratando de taparles los oídos, mientras Sophie temblaba de miedo a su lado.
—Si no eres para mí, Dante... tampoco le daré el lujo a esta imbécil de tenerte —murmuró Seraphina con una sonrisa maquiavélica que le deformó las facciones.
Todo ocurrió en un parpadeo, una secuencia de terror que nadie pudo predecir. Seraphina metió la mano en su cartera de mano, sacó un arma corta de acero reluciente y apuntó directamente a la cabeza de Elara.
—¡No! —alcanzó a gritar Elara, presintiendo la tragedia.
Seraphina apretó el gatillo. El estallido del disparo fue ensordecedor dentro de la estructura de cristal, haciendo vibrar las paredes de vidrio.
Pero Elara no sintió el dolor del impacto. En el último milisegundo, Dante, movido por un instinto feroz de protección, giró su cuerpo por completo y la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho y exponiéndose por completo para salvarla.
¡Pam!
La bala no dio en Elara. Impactó de lleno en la cabeza de Dante.

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