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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 143

Las sirenas aullaban en la distancia, un sonido agudo y estridente que cortaba la calina del mediodía y destrozaba lo que quedaba de paz en la residencia Vance. El aire, antes impregnado del aroma de las orquídeas y las rosas blancas, ahora apestaba a pólvora, a hierro y a muerte.

​Elara no se movía. Permanecía de rodillas sobre el frío suelo, con el cuerpo de Dante firmemente apretado contra el suyo. Sus manos, que tantas veces habían buscado la calidez de su esposo para encontrar refugio, ahora se hundían desesperadamente en los mechones de su cabello oscuro, tratando de contener el espeso río carmesí que brotaba sin tregua de su cabeza. El vestido de novia ya no existía; la seda impoluta y el encaje francés se habían transformado en una mortaja de color rojo vivo, pegada a su piel, empapada del sacrificio del hombre que amaba.

​—Quédate conmigo, Dante... quédate conmigo —susurraba Elara en un bucle infinito, con los ojos fijos en las facciones de su esposo.

​Él ya no respondía. Sus pestañas tupidas permanecían cerradas sobre sus mejillas y sus labios, usualmente firmes, estaban entreabiertos, dejando escapar débiles bocanadas de aire que se volvían cada vez más espaciadas. Su piel, de un bronceado saludable horas antes, comenzaba a teñirse de un gris cenizo y gélido que a Elara le helaba las entrañas.

​—¡Ya están aquí! ¡Elara, muévete, déjalos pasar! —el grito de Marcus la devolvió a la realidad a la fuerza.

​Cuatro paramédicos del equipo médico privado de la corporación Vance irrumpieron en la estructura de cristal con una camilla rígida y un maletín de reanimación avanzada. El caos que se desató a su alrededor fue inmediato, mecánico y frío.

​—¡Paciente masculino, aproximadamente treinta y cinco años, traumatismo craneoencefálico severo por proyectil de arma de fuego! —vociferó uno de los paramédicos, arrodillándose al lado opuesto de Elara—. ¡Pulso central apenas perceptible, menor a cuarenta latidos por minuto! ¡Está entrando en un paro respiratorio inminente! ¡Prepara el tubo endotraqueal ahora!

​Elara sintió que unas manos firmes la apartaban hacia atrás. Era Marcus. Ella intentó zafarse con las pocas fuerzas que le quedaban, arañando el aire, negándose a soltar la mano de Dante.

​—¡No! ¡Déjenme con él! ¡Tengo que ir con él! —chillaba Elara, y su voz ya no parecía humana, sino el lamento roto de un animal herido.

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