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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 145

El pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos era un túnel de luz blanca, fría y desprovista de cualquier rastro de humanidad. El único sonido que rompía el silencio sepulcral era el zumbido constante de los sistemas de filtración de aire y el eco lejano de unos pasos apresurados sobre el linóleo.

​Elara permanecía de pie frente al gran ventanal de vidrio de la habitación de aislamiento. Tenía las manos apoyadas contra el cristal, tan firmes y tensas que las yemas de sus dedos se habían vuelto completamente blancas. Al otro lado del vidrio, rodeado de monitores que parpadeaban con luces verdes y azules, yacía Dante.

​Verlo así era una tortura física que le retorcía las entrañas. Su cabeza estaba envuelta en un denso vendaje blanco, y una maraña de cables y tubos se extendía desde su cuerpo inerte hacia las máquinas que lo rodeaban. Un enorme tubo endotraqueal desaparecía por su boca, conectado al respirador mecánico que subía y bajaba su pecho de manera rítmica, artificial y despiadada. Cada insuflación de la máquina era un recordatorio constante de que el hombre que horas antes la estrechaba contra su pecho con una fuerza sobrehumana, ahora dependía de un maldito cable para no cruzar la línea de la muerte.

​—Señora....

​La voz ronca de Marcus interrumpió el silencio a su espalda. El hombre se había negado a cambiarse de ropa; su camisa blanca todavía ostentaba las salpicaduras de la sangre de su jefe, secas y oscuras. Tenía las facciones endurecidas por la culpa, y sus ojos fijos en el suelo delataban el peso insoportable que cargaba sobre los hombros.

​Elara tardó unos segundos en reaccionar. Cuando giró el rostro hacia él, Marcus contuvo el aliento. El vestido de novia seguía pegado al cuerpo de la joven, acartonado por la sangre de Dante que ya se había secado sobre la seda y el encaje. Parecía una aparición trágica, una novia de luto atrapada en el peor de los infiernos.

​—Los médicos dicen que las próximas cuarenta y ocho horas son críticas —dijo Marcus con un hilo de voz—. La presión intracraneal ha comenzado a estabilizarse debido a los medicamentos, pero el coma es profundo. Está en una escala de Glasgow extremadamente baja. No hay respuestas reflejas, señora Vance.

​Elara no lloró. Se le habían secado las lágrimas, dejando en su lugar un ardor insoportable en los ojos y un vacío de plomo en el pecho. Volvió a mirar a través del vidrio, clavando sus ojos en la línea casi plana que registraba la actividad cerebral en uno de los monitores.

​—Él está ahí dentro, Marcus —susurró Elara, y su voz sonó tan gélida como las paredes del hospital—. Sé que me escucha. Siento su presencia.

​En ese momento, unos pasos lentos se detuvieron a unos metros de ellos. La señora Rosa se acercó con el rostro desencajado, sosteniendo con fuerza un abrigo para Elara. Sus ojos reflejaban un pánico inmenso, no solo por Dante, sino por el estado de shock en el que veía a la joven que consideraba su propia hija. Detrás de ella, Sophie caminaba despacio, protegiendo instintivamente su vientre con ambas manos; el embarazo la hacía lucir cansada, y el horror de lo vivido en el jardín la había dejado temblando.

​Elara se giró por completo al verlas. Una chispa de lucidez y de instinto maternal cruzó su mente en medio de la neblina del dolor. Pensó en Mateo y en Amara, en sus caritas empapadas de lágrimas, gritando en el jardín mientras veían a su padre desplomarse en un charco de sangre. No podía permitir que la desesperación la cegara por completo; sus hijos la necesitaban a salvo, lejos de ese escenario de muerte.

​Caminó hacia la señora Rosa y le tomó las manos con un apretón tembloroso pero decidido.

​—Mamá Rosa... por favor —pidió Elara, y su voz se quebró levemente por primera vez en horas—. Tienes que irte de aquí. Tienes que ir a donde están los niños.

​La anciana intentó hablar, pero Elara la interrumpió con una súplica desesperada en los ojos.

​—Te lo pido, no dejes solos a mis hijos. Están aterrorizados, vieron todo... Mateo no paraba de gritar y Amara está muy pequeña para entender tanta violencia. Necesitan una cara conocida, alguien que les dé un poco de paz en medio de esta pesadilla. Si ven que tú estás con ellos, se van a calmar.

​La señora Rosa asintió lentamente, con las lágrimas rodando por sus mejillas arrugadas, comprendiendo el enorme sacrificio y la madurez de Elara al pensar en los pequeños en un momento así.

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