Elara se dejó caer de espaldas contra la pared lisa del pasillo, deslizándose lentamente hasta quedar sentada en el suelo. El suelo de losetas blancas reflejaba la monstruosidad de su aspecto: una novia cubierta de la sangre del novio, con el cabello enredado y el rostro manchado de lágrimas rojas. Cruzó los brazos sobre sus rodillas y comenzó a mecerse, envuelta en un frío repentino que parecía venir de lo más profundo de la tierra.
Poco después, los pasos apresurados de Sophie y la señora Rosa resonaron en el pasillo. Rosa corrió hacia ella, arrodillándose en el suelo sin importarle manchar su traje sastre, y la envolvió en un abrazo protector.
—¡Mi niña! ¡Ay, mi niña linda! —sollozó la anciana, apretándola fuertemente contra su pecho—. Dios no lo va a permitir. El señor Vance es fuerte, él no te va a dejar sola. Él prometió cuidar de ustedes.
—Se está muriendo, Rosa... se está muriendo por mi culpa —susurró Elara con la voz completamente vacía, con los ojos fijos en la nada—. Seraphina me quería disparar a mí. Ella me odiaba porque no pertenezco a su mundo... Dante se puso en medio. Él recibió la bala que era para mí. Si yo no hubiera estado en su vida, él estaría a salvo.
—¡No digas eso, Elara! ¡Ni se te ocurra pensarlo! —intervino Sophie, arrodillándose también, llorando a mares mientras le tomaba las manos heladas—. Ese maldito monstruo de Seraphina fue la única culpable. Dante te ama. Él prefirió dar la vida antes de permitir que te tocaran. Tienes que ser fuerte por él, por los niños.
—¿Los niños...? —la mención de los gemelos hizo que una nueva oleada de dolor físico le atravesara el pecho a Elara—. ¿Dónde están? ¿Cómo están?
—Marcus hizo que los llevaran a un lugar seguro con seguridad máxima —explicó Rosa, limpiándole las lágrimas a Elara con su pañuelo—. No paran de llorar, Elara. Mateo no suelta la mano de su hermana que pregunta a cada segundo si su papá va a despertar. Te necesitan. Necesitan ver que su madre sigue en pie.
Pero Elara sentía que no le quedaba un solo gramo de fuerza. Su mente se negaba a aceptar la realidad. Miró hacia las grandes puertas dobles del quirófano. Detrás de ese vidrio esmerilado, el hombre que controlaba los hilos de su existencia estaba siendo cortado por bisturís, con su vida pendiendo de un hilo tan delgado que cualquier sutil vibración del destino podía romperlo.
Pasaron las horas. El tiempo en la sala de espera se convirtió en un monstruo lento y despiadado. El segundero del reloj de la pared avanzaba con un eco metálico que taladraba los oídos de Elara. Cada vez que la luz roja sobre la puerta del quirófano parpadeaba, el corazón de Elara se detenía por completo, esperando la peor de las noticias.
Marcus permanecía de pie en una esquina del pasillo, inmóvil como una estatua de piedra, con la mirada perdida en el suelo. No había hablado con nadie, no había probado gota de agua. El peso de haber fallado en la protección de su jefe lo estaba consumiendo vivo.
A la tercera hora de cirugía, la luz roja finalmente se apagó.
Elara se puso de pie de un salto, ignorando el dolor de sus músculos entumecidos. La señora Rosa y Sophie la sostuvieron por los brazos mientras las puertas dobles se abrían y el cirujano principal salía de la zona restringida. El médico se quitó la mascarilla quirúrgica; su rostro reflejaba un cansancio extremo, una gravedad que heló la sangre de todos los presentes. Tenía las cejas fruncidas y no se atrevía a sostenerle la mirada a Elara de manera directa.

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