El cuero negro del Rolls-Royce blindado olía a nuevo, un aroma estéril, frío y costoso que combinaba a la perfección con la rigidez del ambiente dentro del habitáculo. Dante Vance, vistiendo un traje gris marengo cortado a medida que disimulaba con elegancia la sutil pérdida de peso tras su traumática hospitalización, observaba los reportes financieros en su tableta. Su mirada era un par de cuchillas oscuras, frías e implacables desprovistas de cualquier rastro de calidez humana. A su lado, Marcus mantenía la postura militar de siempre, cargando una pesada carpeta confidencial que resguardaba el historial privado de Elara.
Hoy se cumplían exactamente catorce días desde el milagroso despertar de Dante. Tras superar los estrictos protocolos neurológicos, las tomografías de control y una fisioterapia intensiva en Vance Medical para asegurar que su movilidad ejecutiva estuvieran intactas, el magnate finalmente regresaba a su residencia. Los resultados de la prueba de ADN de los gemelos habían llegado a su correo institucional apenas cuarenta y ocho horas después del análisis, confirmando el cien por ciento de compatibilidad biológica. Dante había tenido doce largos días en su cama de hospital para asimilar que era padre... y para dejar que su mente paranoica, distorsionada por la amnesia, retorciera esa verdad hasta convertirla en una elaborada amenaza.
—Habla, Marcus —ordenó Dante sin levantar la vista de la pantalla, su voz barítona resonando con la autoridad implacable de siempre, vibrando con un eco sordo en el espacio cerrado del auto—. Tuviste dos semanas mientras yo estaba en rehabilitación para armar el expediente confidencial que te pedí. Quiero saber exactamente cómo terminó una chica como ella viviendo en mi propiedad y portando mi apellido. No me des la versión romántica que la prensa compra y devora. Dame los hechos crudos de ese dichoso matrimonio.
Marcus tragó saliva, sintiendo la garganta seca, sabiendo perfectamente que pisaba terreno minado. Con manos firmes pero cautelosas, abrió la carpeta de cuero.
—El matrimonio no comenzó de manera convencional, señor —empezó Marcus, midiendo cada palabra, consciente del peligroso temperamento del hombre que tenía al lado—. Hace unos años, cuando descubrimos el cadáver de su hermano Julián, todas las pistas apuntaban directamente a la mujer que era su novia, una joven llamada Camila. Usted no ordenó su captura legal. Fue a acecharla personalmente, movido por la rabia. Pero en su lugar, trajimos a la señora Elara. Ella es la hermana gemela de Camila, pero en ese momento no lo sabíamos; ni siquiera ella misma sabía que tenía una gemela de la cual había sido separada.
Dante detuvo en seco el movimiento de sus dedos largos sobre la pantalla de la tableta. Una ceja oscura se elevó con una lentitud sumamente peligrosa. Giró el rostro hacia Marcus, con las pupilas encendidas por un interés frío, analítico y calculador.
—¿Una confusión de identidad? —murmuró el magnate, saboreando el concepto como si analizara una falla en una auditoría corporativa.
—Sí, señor. Usted estaba completamente cegado por el dolor de la pérdida de su hermano Julián. Trajo a Elara desde el barrio pobre donde vivía, un entorno de absoluta miseria, y la obligó a casarse con usted bajo amenazas. El objetivo original de ese matrimonio... era hacerla sufrir día y noche. Destruirla sistemáticamente como venganza por lo que creíamos que ella le había hecho a su hermano.
Dante guardó silencio durante varios segundos, procesando la cruda información en una quietud sepulcral. En su mente cuadriculada, desprovista de los recuerdos emocionales de los últimos años, las piezas comenzaron a encajar, pero de la forma más siniestra y maquiavélica posible. Una sonrisa gélida, casi imperceptible y cargada de cinismo, se dibujó en sus labios rectos.
—Así que yo la obligué... Yo la sometí como un castigo —Dante se reclinó en el asiento del Rolls-Royce, uniendo las puntas de sus dedos, adoptando su típica postura de negociación—. Y dime, Marcus, si mi intención original era destruirla por la muerte de Julián... ¿cómo terminamos renovando votos de amor eterno? ¿Cómo terminó esa prisionera convirtiéndose en la madre de mis herederos legítimos? Porque los análisis que me envió el laboratorio hace doce días confirman que esos gemelos llevan mi sangre.
—Porque usted descubrió la verdad, señor Vance —explicó Marcus con firmeza, intentando apelar desesperadamente al hombre noble que sabía que existía detrás de esa fachada—. Y además, en el proceso de su castigo, usted terminó rindiéndose ante ella. Descubrió que Elara era completamente inocente, una mujer que no tenía nada que ver con los crímenes de su hermana. Quedó completamente cautivado por su pureza y se negó a dejarla ir. Ella sufrió mucho a su lado y, eventualmente, lo abandonó para protegerse. Después de que volvieran a encontrarse años más tarde, Camila regresó, intentó atacarlos a ambos y murió en el proceso. Lo de hace tres meses no era su primera boda; era la renovación de sus votos. Usted la ama con una devoción absoluta, señor.
Dante soltó una risa ronca, un sonido seco, oscuro y peligroso que heló la sangre de su jefe de seguridad y cortó el aire del vehículo. Negó con la cabeza, con los ojos inyectados de un escepticismo corporativo brutal, despiadado e inflexible.

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