Dante Vance cruzó el umbral de la propiedad con la arrogancia de un monarca que regresa a reclamar tierras conquistadas. Sin embargo, a medida que el impacto sordo de sus zapatos de diseño resonaba en el vestíbulo, sus ojos abisales escanearon el entorno con una creciente y molesta extrañeza.
Esta no era la opulenta, fría y monumental mansión Vance donde él recordaba haber construido su imperio y su vida. Aquella fortaleza de piedra gris, pasillos lúgubres y secretos familiares asfixiantes no estaba aquí. Este lugar, aunque indiscutiblemente lujoso y ubicado en una de las zonas residenciales más discretas y exclusivas de la ciudad, se sentía radicalmente distinto. Una abundante luz natural se filtraba por los enormes ventanales de doble altura, iluminando espacios amplios y cálidos, envueltos en un diseño arquitectónico moderno que priorizaba la vida familiar por encima del estatus corporativo. No había estatuas frías ni retratos ancestrales. Olía a madera fresca, a flores recién cortadas... olía a ella.
Elara lo esperaba de pie justo al pie de la gran escalinata de mármol blanco. Dante la recorrió con la mirada, buscando alguna grieta en su armadura o algún rastro de la mujer sumisa que su mente paranoica insistía en recrear. Pero no encontró nada de eso. Vestía unos pantalones de sastre oscuros de caída impecable y una blusa de seda que acentuaba su silueta con una elegancia sobria y madura. Su postura era peligrosamente rígida; la barbilla apuntaba hacia el frente y sus ojos castaños lo observaban convertidos en dos escudos de titanio implacables.
Dante se detuvo a escasos dos metros de distancia, permitiendo que su imponente y robusta figura, llenara el espacio con esa presencia abrumadora que solía doblegar directorios enteros. El aire pareció espesarse entre los dos, pero Elara ni siquiera parpadeó. Sostuvo el embate de su mirada fría sin mostrar un solo rastro de sumisión.
—Vaya —el tono de Dante cortó el silencio, impregnado de una ironía gélida que raspaba el ambiente—. Así que esta es la base de operaciones de la gran estratega. Debo admitir que tienes un gusto exquisito para gastar mi dinero. Una zona residencial discreta... el escondite perfecto para jugar a la madre abnegada y santa, mientras disfrutas tras bambalinas de los beneficios de mi apellido.
Elara no se inmutó. En su lugar, soltó una risa seca, un sonido corto y cargado de un desprecio tan genuino y visceral que desconcertó al magnate por una fracción de segundo.
—Sigues siendo el mismo idiota arrogante de siempre, Dante. La amnesia te habrá borrado los recuerdos de los últimos años, pero veo que lo estúpido lo mantienes intacto —respondió ella, cruzándose de brazos con una calma letal—. Viniste hasta aquí con tu circo de guardaespaldas y tus amenazas legales pensando que ibas a encontrar a una mujer deshecha, llorando de rodillas y suplicando que no le congeles las tarjetas de crédito. Lamento arruinar tu entrada triunfal, Vance, pero te equivocaste de escenario.
Dante entornó los ojos, dando un paso intimidante hacia el frente, reduciendo la distancia entre ambos a un espacio mínimo donde casi podía respirar el perfume de ella. La resistencia indomable de la doctora estaba encendiendo una chispa sumamente peligrosa en sus venas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada