Entrar Via

Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 159

El silencio que siguió a la retirada de Dante Vance dejó el jardín interior sumido en una tensa calma. Elara se arrodilló sobre el césped húmedo, ignorando cómo la tierra manchaba sus jeans sencillos, y estrechó a los gemelos contra su pecho. Sintió el temblor errático en los hombros de Amara y la rigidez defensiva en el cuerpo de Mateo. La confrontación con ese clon desalmado de su esposo los estaba desgastando a un ritmo alarmante.

—Ya pasó, mis amores. Ya está —susurró Elara, besando las coronillas de sus cabezas mientras obligaba a su propia voz a no quebrarse.

Mateo se apartó apenas unos centímetros, limpiándose bruscamente una lágrima rebelde con el dorso de su pequeña mano. Tenía los puños apretados y los ojos encendidos en un rencor demasiado pesado para sus cinco años.

—Lo odio, mamá —soltó el niño, y las palabras vibraron con una crudeza que le heló la sangre a Elara—. Odio a ese hombre. No quiero que nos hable, no quiero sus juguetes. Es malo.

—¡Mateo! No, mi amor, escúchame bien —Elara le sujetó el rostro con suavidad pero con una firmeza absoluta, obligándolo a sostenerle la mirada. Se giró también hacia Amara, asegurándose de que ambos procesaran cada una de sus palabras—. No vuelvas a decir eso. Escuchen a mamá, los dos. El hombre que está allá adentro, el que les habló con esa voz fea y fría, no es su papá de verdad. Es decir, sí es su cuerpo, pero su cabecita está muy enferma.

Amara hipó, parpadeando con sus pestañas todavía mojadas.

—¿Por qué nos mira como si no nos conociera? —preguntó la niña con un hilo de voz que destilaba desamparo.

—Porque no puede vernos a través de la niebla que tiene en su mente —explicó Elara, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta, pero tragándose el dolor por el bien de sus hijos—. El accidente y el coma le borraron los recuerdos de los últimos años. Él no se acuerda de los días en que jugaba con ustedes, ni de los cuentos que les leía para dormir, ni de cuánto nos amaba. Está asustado, aunque pretenda ser un gigante de hierro. Lo que tiene en el cerebro es una herida, igual que cuando ustedes se raspan las rodillas, pero por dentro. Por eso no deben odiarlo, mis vidas. Debemos tenerle paciencia, porque él no sabe lo que hace.

Mateo bajó la vista, asimilando la información con esa madurez precoz que siempre lo había caracterizado, mientras que Amara pareció relajarse un poco, encontrando en la explicación médica de su madre un refugio contra el terror que le inspiraba la nueva personalidad de Dante.

Elara se puso de pie, limpiándose las palmas de las manos en los pantalones, decidida a cambiar el rumbo del día. No iba a permitir que la oscuridad de Dante contaminara la infancia de sus hijos.

—¿Saben qué vamos a hacer ahora? —les lanzó una sonrisa que pretendía ser radiante, una máscara de optimismo que le costó la vida sostener—. Vamos a ir a la gran cocina de la planta baja y vamos a preparar pastelitos de vainilla y chocolate. Con mucha chispas. ¿Qué les parece?

Los ojos de Amara se iluminaron instantáneamente.

—¿De los que llevan cobertura rosa, mami?

—De los que ustedes quieran. Vamos a hacer un desastre con la harina.

Mateo asintió, dejando ir por fin la postura de combate. Tomados de las manos, los tres caminaron de regreso al interior de la propiedad, esquivando deliberadamente el área de los despachos principales.

Desde el ventanal de su suite privada, Dante Vance contemplaba la escena. Había visto cómo Elara calmaba a las fieras que él mismo había desatado, vio cómo transformaba el llanto de Amara en una timidez receptiva y cómo lograba que Mateo relajara los puños.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada