Entrar Via

Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 158

​La luz de la mañana se filtró por los enormes ventanales con una claridad implacable, iluminando el comedor principal. Sobre la mesa de mármol pulido se desplegaba un desayuno digno de la realeza: frutas exóticas cortadas con precisión, repostería fina, jugos naturales y café humeante. Un banquete silencioso que nadie pretendía tocar.

​Dante Vance estaba sentado a la cabecera, con la espalda erguida, vistiendo una camisa negra de sastre con las mangas sutilmente remangadas hasta los antebrazos. Frente a él, los platos de Amara y Mateo permanecían intactos. Los gemelos apenas jugueteaban con las cucharas, con la mirada clavada en sus propios regazos, transformados en dos pequeñas estatuas de reserva y desconfianza.

​Elara ocupaba el extremo opuesto. Vestía un suéter holgado de punto y unos jeans sencillos, con el cabello recogido en un moño alto que dejaba al descubierto la palidez de su rostro y las sombras oscuras debajo de sus ojos castaños. Mantenía una distancia física y emocional que cortaba el aire. No miró a Dante ni una sola vez. Para ella, el hombre que tenía enfrente no era más que un bloque de hielo inanimado. Su atención estaba volcuna por completo en proteger la fragilidad de sus hijos.

​—Tienen que comer —la voz de Dante rompió el tenso silencio, sonando profunda, cargada de una extraña incomodidad que no lograba camuflar—. La cocina preparó esto especialmente para ustedes. Mateo, deja de golpear la platería.

​El niño se detuvo de golpe. Levantó la barbilla e infló su pequeño pecho, clavándole a su padre una mirada de puro odio.

​—No tengo hambre —soltó Mateo con una dureza que no correspondía a su edad, cruzándose de brazos—. Y mi mamá dice que no debemos aceptar cosas de extraños.

Dante entornó los ojos, sintiendo un repentino y afilado pinchazo de frustración en el pecho. Que su propia sangre lo desconociera de esa manera encendió una chispa de ira que contuvo a duras penas. Apretó la mandíbula y exhaló el aire lentamente por la nariz, buscando recuperar esa fachada implacable que siempre lo protegía.

​—No soy un extraño, Mateo. Soy tu padre —replicó Dante, bajando el tono, intentando una aproximación que su cerebro consideraba lógica—. Sé que están confundidos, pero esta es mi propiedad y a partir de ahora, aprenderán a respetar las normas. Amara, come tu fruta.

​La pequeña Amara parpadeó, con sus ojitos llenándose de lágrimas instantáneas al escuchar la sequedad en la voz de su padre. Buscó desesperadamente la mano de Elara por debajo de la mesa. Elara reaccionó de inmediato; extendió el brazo, entrelazando sus dedos con los de su hija, y por fin dirigió la palabra, aunque lo hizo mirando al vacío.

​—Si no tienen hambre, mis niños, no están obligados a comer —sentenció Elara, con una firmeza absoluta—. Vayan al jardín interior con la niñera. Mamá irá a alcanzarlos en un momento.

​Los gemelos no esperaron una segunda orden. Se deslizaron de las sillas altas y corrieron hacia la salida del comedor como si estuvieran escapando de una celda de castigo. Dante los vio marcharse con una punzada sorda en el centro del pecho, un malestar que volvió a fastidiarlo de la nada.

​Cuando la puerta doble se cerró, el silencio regresó, pero esta vez cargado de un veneno puro. Dante se reclinó en su silla y deslizó una carpeta de cuero negro sobre la superficie de mármol, deteniéndola justo a unos centímetros del plato de Elara.

​—Harold estuvo trabajando toda la madrugada —dijo el magnate, recuperando su máscara corporativa e implacable—. Ahí están las cláusulas iniciales para la disolución del matrimonio y los términos de la custodia compartida. Léelos. Esto es un trámite necesario para poner orden.

​Elara desvió la mirada hacia la carpeta. Esta vez, no hubo gritos, ni reproches. Levantó la vista lentamente y, para absoluta sorpresa de Dante, una sonrisa leve, trágica y sumamente gélida se dibujó en sus labios. Era la sonrisa de alguien que ya lo había perdido todo y, por ende, ya no tenía nada que temer.

​—¿De verdad esto es lo que quieres, Dante? —preguntó ella, con una voz alarmantemente suave, casi un susurro que cortó la inmensidad del comedor.

​Dante no parpadeó, pero la fijeza de sus ojos delataba que la reacción de la mujer lo había descolocado por completo.

​—Es lo que dicta la lógica —respondió él, endureciendo la mandíbula—. No hay razón para mantener unión con una desconocida.

​Elara asintió, manteniendo esa sonrisa rota que a Dante le apretó el estómago como un puño invisible. Deslizó los dedos sobre la carpeta de cuero, pero no la abrió. Simplemente la empujó hacia un lado.

​—Está bien. Lo acepto —soltó ella, poniéndose de pie con una elegancia impecable, mirándolo desde arriba con una lástima que hirió el orgullo del magnate—. No voy a pelear contigo por un trozo de papel. Si tu mente mutilada quiere un divorcio, te lo voy a dar. Pero grábate muy bien lo que te voy a decir hoy, Vance: el día que me recuerdes... el día en que esa niebla que tienes en la cabeza se disipe y recuerdes quién soy, quiénes son esos niños y cómo me suplicaste que no te dejara... ese día te vas a arrepentir de cada palabra que me has dicho. Y para entonces, yo ya no voy a estar aquí para perdonarte.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada