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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 161

Dante sintió que el reclamo de la mujer le golpeaba el pecho con la contundencia de una estocada certera. Al tenerla tan cerca, con el rostro empapado en llanto y respirando el mismo oxígeno viciado, el dolor en su interior estalló con una virulencia incontrolable. Su propio corazón comenzó a martillearle las costillas a un ritmo desquiciado, rebelándose con ferocidad contra la frialdad de su cerebro. Su memoria corporal reconoció la cercanía de esa piel, el aroma de su cabello húmedo, el calor de su aliento.

​Dominado por el impulso y por una desesperación que no alcanzaba a comprender con la lógica, Dante acortó los últimos milímetros que los separaban. Su mano libre subió hacia la nuca de Elara, hundiéndose en su cabello con un agarre de acero pero extrañamente posesivo, y le atrapó la barbilla, obligándola a mirarlo.

​—Si de verdad eres una desconocida... —susurró Dante a escasos centímetros de sus labios, con la respiración agitada y los ojos inyectados en una furia desconcertada—, dime por qué mi maldito corazón se quiere salir del pecho cada vez que te tengo cerca. Dime por qué no puedo respirar si no estás en esta casa. ¡Dímelo, Elara!

​Antes de que ella pudiera responder, Dante anuló la distancia y la besó.

​No fue el beso desesperado de la noche anterior en el despacho; este fue un beso oscuro, hambriento, cargado de la rabia acumulada de un hombre que se sabía prisionero de sus propios instintos. Dante unió sus labios a los de ella con una vehemencia implacable, saboreando el whisky residual de su propia boca mezclado con la sal de las lágrimas de Elara. Sus manos grandes bajaron hacia la cintura de la doctora, apretándola contra su pecho firme con una fuerza que amenazaba con fusionar sus cuerpos, exigiéndole una rendición que él mismo no sabía cómo otorgar.

​Elara gimió entre sus labios, respondiendo al beso con la misma entrega dolorosa, sintiendo que por un segundo de absoluta magia, el hombre de hierro se estaba doblegando ante el calor de su memoria.

​La desesperación de ambos, contenida durante días de silencio y miradas hostiles, estalló en ese pasillo en penumbra con la fuerza de una tormenta feroz.

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