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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 162

​A las cuatro de la madrugada, el silencio sepulcral regresó al ala norte. Elara abrió los ojos en la penumbra de la habitación, sintiendo el peso del brazo robusto de Dante sobre su cintura y el calor de su respiración pausada contra su hombro desnudo. La lucidez regresó a su mente con la frialdad de un bisturí.

​Sabía perfectamente cómo funcionaba la química cerebral tras un trauma médico y una ingesta masiva de alcohol. Mañana, cuando la luz del sol disipara la tormenta, Dante despertaría con una jaqueca brutal y su mente amnésica habría borrado por completo los eventos difusos de la madrugada. Para él, todo habría sido un sueño borroso o una mala jugada del whisky. No recordaría el tacto de su piel, ni el sabor de sus besos, ni la forma en que su cuerpo se había rebelado contra el olvido.

​Con una parsimonia rota, Elara se deslizó fuera de la cama, retirando el brazo del magnate con sumo cuidado para no perturbar su descanso. Se vistió en silencio, recogiendo su ropa del suelo con movimientos autómatas. Antes de cruzar la puerta para marcharse nuevamente en mitad de la noche, como si nada de eso hubiera ocurrido, se detuvo un segundo al borde del colchón.

​Se inclinó lentamente y extendió los dedos temblorosos, acariciándole el rostro a Dante con una ternura infinita. Repasó las líneas rígidas de su mandíbula, ahora relajada por el sueño, y la frente que tantas veces había besado en el pasado.

​—Desearía tanto volver atrás, mi amor... —susurró Elara, con las lágrimas rodando silenciosamente por sus mejillas en la oscuridad—. Desearía volver al día antes de esa renovación de votos maldita, cuando me mirabas y sabía que era tu universo entero. No sé cuánto más pueda soportar ésto.

​Le dio un último beso efímero en la frente, un roce que Dante apenas percibió con un leve quejido en sus sueños, y se dio la vuelta. Pasó el pestillo con un clic sordo y abandonó la fortaleza de granito, desapareciendo en la llovizna antes de que el hombre cruel despertara para volver a ser su peor enemigo.

El lunes por la mañana recibió a la ciudad con un sol radiante que parecía ignorar la tormenta de la madrugada anterior. En el piso más alto del rascacielos de Vance Enterprises, el ambiente era de una eficiencia implacable. Los ejecutivos caminaban a paso apresurado, los teléfonos no dejaban de sonar y el murmullo de millones de dólares en transacciones llenaba los pasillos de cristal y acero.

Detrás de su imponente escritorio de caoba, Dante Vance revisaba un informe de auditoría. Llevaba un traje gris sastre perfectamente entallado, y la corbata impecablemente anudada. Su aspecto era el de siempre: el magnate indestructible y pulcro. Sin embargo, una persistente y molesta jaqueca le martillaba las sienes desde que había despertado.

Se pasó los dedos por el puente de la nariz, exhalando un suspiro pesado. Tenía la extraña y fastidiosa sensación de haber olvidado algo crucial de la noche anterior. En su mente solo quedaban retazos difusos: el sabor del whisky, el sonido de la lluvia y un aroma a flores silvestres que se le había quedado impregnado en la piel, un aroma que su cuerpo reconocía pero que su cerebro no lograba catalogar.

La puerta de doble cristal de su despacho se deslizó en absoluto silencio tras el sutil clic del sensor biométrico. Marcus ingresó con su habitual postura rígida, sosteniendo una tableta.

—Señor Vance —anunció su mano derecha con tono profesional—. El señor Arturo Belmonte ya está en la sala de juntas de la junta directiva. Ha venido acompañado.

Dante enderezó la espalda, recuperando al instante su máscara corporativa de hierro. Arturo Belmonte era uno de los socios capitalistas más antiguos e influyentes de Vance Enterprises, un hombre cuyo apoyo era fundamental para mantener la estabilidad de las acciones tras el período en que Dante estuvo en coma.

—¿Acompañado por quién, Marcus? —preguntó Dante, con voz profunda y cortante.

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