El motor del coche vibró con un ronroneo imperceptible cuando Dante hundió el pie en el acelerador. En el espejo retrovisor, la figura de Elara disminuyó en la acera. Caminaba con la espalda erguida, sujetando con firmeza las manos de los gemelos, sin girar la cabeza ni una sola vez hacia el vehículo oculto bajo la sombra del árbol. Dante mantuvo la vista fija en ese reflejo, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa, hasta que el cuz de la avenida principal se interpuso y borró la escena.
Soltó el volante con una mano y tiró del nudo de su corbata de seda, liberando el primer botón de su camisa. El aire acondicionado marcaba una temperatura baja, pero una oleada de calor seco le subía por el cuello. Sus dedos tamborilearon contra el cuero del tablero, un gesto errático que delataba la tormenta silenciosa detrás de su frente. No existía un análisis de riesgo en sus archivos que justificara las dos horas muertas que acababa de pasar estacionado frente a un jardín de infantes, ni la punzada que le había oprimido los pulmones al ver a Mateo reír mientras Elara le acomodaba la mochila. Su cerebro exigía lógica, números y datos duros, pero su cuerpo respondía a un estímulo invisible que no podía clasificar.
La pantalla táctil de la consola central se iluminó, interrumpiendo el silencio con el timbre sutil del sistema manos libres. El nombre de Marcus parpadeó en letras blancas. Dante presionó el comando del volante con un movimiento seco.
—Señor —la voz de su mano derecha llegó limpia, desprovista de cualquier inflexión—. El bufete de Harold acaba de remitir las autorizaciones para el nuevo esquema de residencia. El equipo de seguridad privada requiere su firma digital para iniciar el monitoreo de las cámaras periféricas en los accesos de la casa de Elara.
—Autorízalo —ordenó Dante. Su voz sonó con una aspereza ronca, como si modular las palabras le costara un trabajo físico—. No quiero puntos ciegos en las calles colindantes. Cualquier vehículo sospechoso debe ser reportado antes de que se acerque al portón.
—Entendido. ¿Alguna instrucción adicional para la tarde?
Dante guardó silencio un segundo, observando el logotipo plateado en el centro del volante.
—Llama a la mansión —añadió, y su tono bajó, volviéndose denso—. Que el personal desmantele el ala norte antes de que yo llegue. Habitaciones vacías, Marcus. Armarios limpios. No quiero ver cajas, prendas ni un solo objeto personal ajeno en los dormitorios de huéspedes cuando regrese esta noche.
—Me comunico con el ama de llaves de inmediato.
Dante cortó la comunicación presionando el botón con demasiada fuerza; sus nudillos permanecieron blancos sobre el cuero negro. Su mente pretendía convencerlo de que el desalojo de las habitaciones era el paso administrativo natural tras la separación, pero el persistente dolor en sus sienes parecía contradecir cada una de sus decisiones.
A unos kilómetros de allí, los neumáticos del coche de Elara se detuvieron frente a la fachada de su hogar. El portón de metal se deslizó a sus espaldas con un sordo clic magnético, sellando el exterior.
Elara apagó el motor, pero sus manos no abandonaron el volante de inmediato. Miró el reflejo de sus propios ojos en el espejo retrovisor; sus pupilas permanecían firmes. Acomodó el cuello de su abrigo, respiró hondo y giró el cuerpo hacia el asiento trasero con una sonrisa amplia, libre de amargura.
—¡Llegamos, mis amores! Vamos adentro, que ya es hora de merendar.
La respuesta fue instantánea. Las puertas traseras se abrieron y Mateo saltó del coche con la energía ruidosa que llenaba cualquier espacio, mientras Amara bajaba con más cuidado, protegiendo con ambas manos una hoja de papel un poco arrugada en las esquinas. Los dos niños cruzaron el umbral a paso veloz.
—¡A lavarse las manos primero! —Rosa apareció al final del pasillo que conectaba con la cocina. Llevaba un delantal de lino y traía una bandeja con galletas caseras cuyo olor dulce inundó el ambiente.
Los niños la saludaron con entusiasmo y corrieron al baño, dejando el comedor en una calma apacible. Rosa levantó la vista hacia la puerta y sus ojos se cruzaron con los de Elara, quien colgaba las llaves en el perchero. Fue un saludo breve y cotidiano, un reconocimiento de que la rutina continuaba.

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