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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 174

La tarde llegó con una rapidez opresiva, tiñendo el cielo de un gris plomizo que parecía aplastar los techos de los autos. Dante decidió llevarlos de vuelta él mismo.

​El camino de regreso fue un bloque de silencio espeso. Dante conducía el sedán negro con los dedos rígidos alrededor del cuero del volante, sintiendo la fijeza de los dos niños clavada exacto en la base de su nuca. Mateo no despegó los labios en todo el trayecto. Mantuvo la frente apoyada contra el cristal, viendo cómo las torres acristaladas del centro financiero se diluían para dar paso a las avenidas arboladas y las entradas privadas de la zona residencial.

​Cuando el motor se detuvo frente a la residencia Ríos, Dante bajó antes de que los niños alcanzaran las manijas. Rodeó el capó y abrió la puerta trasera. Mateo saltó primero. Sin mirar a su padre, le tendió la mano a su hermana para ayudarla a bajar el escalón.

Dante, gobernado por un impulso repentino que no supo frenar, dio un paso al frente y se agachó para ponerse a la altura de ellos.

—Pórtense bien —dijo, buscando repetir la cercanía de la mañana.

Amara no lo dudó. Dio un paso al frente y se colgó de su cuello, dándole un abrazo rápido que Dante recibió conteniendo el aliento. Sin embargo, en cuanto la niña se separó, Mateo intervino.

El niño no esperó a que Dante intentara acercarse a él. Dio un paso lateral, tomó a Amara firmemente de la mano y tiró de ella hacia atrás, interponiéndose entre los dos. Sostuvo la mirada de su padre por un breve instante.

—Adiós —soltó Mateo.

Fue una sola palabra, seca y tajante.

Dante se quedó un segundo estático en el suelo antes de incorporarse despacio, sintiendo el peso de la derrota en los puños. Los niños se dieron la vuelta y avanzaron hacia el porche a paso rápido, sin volverse a comprobar si seguía ahí.

​Elara apareció en el umbral antes de que rozaran el timbre. Al verla los niños se colgaron de su cuello, hundiéndose en su ropa con un murmullo de quejas ahogadas y respiraciones rápidas. Había una sincronía tan exacta en la forma en que los tres se encajaban que Dante, apoyado contra la puerta del coche con las manos metidas en los bolsillos, se sintió como un espectador colado en una función ajena. Un fantasma de traje azul.

​Observó a Elara a la distancia. Llevaba el pelo sujeto sin esmero y una camisa sencilla, pero sostenía el espacio con una firmeza que no requería de los adornos caros que Viviana usaba para llamar la atención. Dante escarbó en sus propios pensamientos, buscando el relieve de un recuerdo, cualquier rastro que confirmara que esa mujer del porche había dormido a su lado. Nada. Buscó el eco de una promesa o el mapa de una caricia vieja bajo las sábanas. Solo encontró un desierto liso. Era un impostor vigilando la vida de otro hombre.

​Elara notó el peso de sus ojos. Se enderezó, acomodó a los niños detrás de sus caderas, interponiendo su propio cuerpo como una barrera, y avanzó hacia la vereda. Se detuvo a tres pasos del auto, midiendo la distancia exacta para que ninguna sombra se cruzara.

​—Gracias por traerlos —dijo. Su voz llegó limpia, desprovista de cualquier vibración afectiva. Una cortesía fría.

​Dante asintió, con la mandíbula apretada para no soltar una palabra que sonara postiza.

​—Mañana revisaré el calendario de las próximas semanas—anunció, abriendo la puerta del conductor—. Buenas tardes.

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