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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 173

​La habitación en el ala este de la mansión estaba sumida en esa oscuridad densa que solo las casas demasiado grandes y vacías logran acumular. Mateo permanecía acurrucado en el borde mismo del colchón, con los ojos fijos en el techo, midiendo el silencio entre un latido y el siguiente. Entonces, la madera cedió. Fue un crujido mínimo, un aviso que él ya anticipaba antes de que la pequeña silueta de su hermana recortara el umbral.

​Amara no dijo nada. Tampoco hacía falta. Avanzó descalza, arrastrando los pies con una prisa torpe, y se deslizó de golpe bajo las mantas. Buscaba un pliegue, un doblez donde esconderse, como si las paredes de piedra de esa casa no fueran suficientes para protegerla.

​—Mateo —susurró.

​Se pegó a su espalda, buscando el calor del pijama mientras tiritaba por el roce de las sábanas frías. Mateo sintió la frente de la niña apoyada firmemente entre sus omóplatos.

​—Papá no es tan malo, Mateo. Hoy, en el jardín, me ayudó a buscar la zapatilla que se me cayó en el barro. Se agachó conmigo en la tierra y no se enojó; me sonrió. Creo que está volviendo. El papá de antes sigue ahí adentro.

​Mateo se tensó tanto que la columna le dolió. Clavó la mirada en el ventanal, donde la luz de la luna apenas lograba desteñir un trozo de la alfombra. Sus manos se cerraron en puños bajo la colcha, retorciendo la tela hasta que le blanquearon los nudillos.

​—No te hagas ilusiones, Amara —le soltó. Su voz no pertenecía a un niño de cinco años; era un sonido seco, rasposo, demasiado gastado para su edad—. Se porta así porque no le queda otra. Es el trato que hicieron con los abogados. En cuanto nos deje otra vez con mamá, se va a olvidar de que existimos y vas a volver a llorar a escondidas detrás de la puerta del baño. No quiero que lo hagas. No otra vez.

​Amara se pegó aún más a él, encogiéndose. Prefirió ignorar el filo de sus palabras, porque la verdad de Mateo siempre escocía.

​—Tenemos que ayudarlo —insistió ella, reduciendo la voz a un hilo de aire—. Mamá dice que el amor puede curar. Si lo queremos mucho, se va a acordar de quiénes somos. Ya no lo mires con esa cara, Mateo. Por favor.

​Mateo no respondió. Sentía el pecho de su hermana subir y bajar con un ritmo acelerado contra su espalda, aferrándose a la fantasía de que una mesa puesta significaba una familia. Pero él no podía borrar las imágenes. Recordaba el olor que se había quedado flotando en el comedor esa misma tarde. Un perfume empalagoso y feo que no era de mamá. Amara todavía era demasiado blanda para entenderlo, así que tomó una decisión: él sería el muro entre ella y el resto del mundo.

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