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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 179

La pantalla del teléfono quedó completamente negra. Dante permaneció inmóvil frente al espejo del baño, con la mandíbula tensa y la mirada fija en el reflejo de su traje. Guardó el dispositivo en el bolsillo interior de la chaqueta, se revisó el nudo de la corbata con un movimiento seco y salió al pasillo.

​El lobby del hotel era un desfile de abrigos de marta cibelina y conversaciones amortiguadas en cuatro idiomas. A las ocho en punto, Dante bajó del ascensor privado. Viviana ya lo esperaba en la entrada. Llevaba un vestido de terciopelo azul noche que dejaba un hombro al descubierto y el cabello recogido en un moño estricto que acentuaba sus facciones afiladas. El aire a su alrededor estaba impregnado de un aroma concentrado, una mezcla de almendras amargas y azúcar quemada que se adhería a la garganta. Baccarat Rouge. Una fragancia opulenta, imposible de ignorar.

​—Puntual —comentó ella, recorriéndolo con una mirada que pretendía ser de aprobación societaria, aunque sus ojos se demoraron un segundo de más en la línea de sus hombros—. Jean-Paul odia esperar. El tráfico hacia el Faubourg Saint-Honoré está colapsado por la llovizna, pero el chofer conoce los desvíos.

​Dante no respondió. Se limitó a hacer un leve gesto con la cabeza hacia la salida, donde el sedán negro ya aguardaba con la portezuela abierta.

​El trayecto por las avenidas parisinas fue un monólogo de estrategia. Viviana repasaba las notas de la auditoría en su tableta, murmurando cifras y nombres de ministros adjuntos. Dante permanecía con la vista fija en las luces rojas de los autos de adelante, reflejadas en el pavimento mojado. En el silencio hermético del habitáculo, el rastro del perfume de Viviana se volvía cada vez más penetrante, un recordatorio constante del terreno artificial en el que se movía.

​El restaurante era un reducto de la vieja aristocracia francesa: paredes paneladas de roble oscuro y una iluminación tenue pero impecable que destacaba los techos artesonados.

​Jean-Paul ya ocupaba la mesa del fondo, resguardada por un biombo de laca china. Era un hombre de unos sesenta años, de hombros caídos pero mirada astuta, con el pin de la Legión de Honor brillando en la solapa de su chaqueta. Al verlos entrar, se puso en pie con una lentitud calculada, obligándolos a marcar el paso de su propia recepción.

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