Fue tras el segundo plato cuando Jean-Paul dejó caer la copa sobre la mesa con un golpe seco y se recostó, abandonando el inglés definitivo.
—Votre directeur est une belle statue, Viviana —comentó Jean-Paul en francés, con una sonrisa de medio lado que no llegaba a los ojos—. La prensa internacional especula demasiado sobre el verdadero equilibrio de poder en su junta directiva.
Viviana dejó escapar una risa ligera, musical, perfectamente modulada para el entorno, antes de responder en el mismo idioma.
—No se deje engañar por su silencio, Jean-Paul. Dante siempre ha sido un hombre de pocas palabras. La estructura de la empresa sigue bajo su mando directo. Yo solo me encargo de los detalles de transición.
—Ya veo —el regulador acarició el tallo de su copa, bajando la voz, adoptando ese tono confidencial que los burócratas usan para fijar el precio de sus favores—. El acuerdo marco puede salir adelante mañana mismo, pero la orden de despacho para los contenedores de Lyon requerirá un ajuste en el fondo de garantía. Un porcentaje que no figurará en el protocolo oficial. Si la firma Vance quiere la infraestructura libre el martes, debe entender cómo funciona la maquinaria de París. Y dudo que su socio americano entienda el lenguaje de nuestras tarifas especiales.
Viviana asintió levemente con la cabeza, manteniendo la sonrisa intacta, dispuesta a negociar los términos del acuerdo.
—Estamos dispuestos a revisar el anexo de consultoría externa, Jean-Paul. Sabes que la firma siempre es generosa con sus aliados...
—El anexo de consultoría externa no se va a modificar —la voz de Dante rasgó la conversación en un francés perfecto, sin un ápice de acento extranjero, con la pronunciación aristocrática de los barrios más exclusivos de París.
Viviana se quedó rígida en mitad del gesto, la copa a medio camino de los labios. Jean-Paul abrió los ojos por completo, enderezándose en la silla como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.
Dante dejó los cubiertos sobre el plato de porcelana sin hacer el menor ruido. Clavó sus ojos grises en el regulador, desprovistos de ira, pero cargados de una autoridad aplastante.

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