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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 188

El sabor de la medicina de Keller era amargo, metálico. Se le pegó a los labios en un beso feroz que no tuvo nada de limpio.

​Dante la sujetó contra su pecho hirviente con una fuerza bruta, aplastándola, mientras la fiebre le subía por el cuello en oleadas espesas. Le estallaba el pulso. Las luces estaban apagadas. El servicio se había retirado hacía horas. Estaban completamente solos.

​Dante soltó un gruñido ronco contra su boca. Tenía los ojos inyectados en sangre y un dolor espantoso detrás de las sienes. Sin romper el beso, la empujó hacia atrás contra el suelo, tumbándola sobre la alfombra.

​El peso de él la sepultó de golpe. Elara sintió la dureza de sus muslos atrapando los suyos y la rigidez de su miembro presionando con fuerza a través de las telas.

​Gimió cuando él le soltó la boca para enterrar los dientes en la curva de su cuello. Dante marcó su piel con una necesidad física que la hizo arquear la espalda.

​Las manos grandes del magnate, torpes por el temblor que le recorría los tendones, agarraron los tirantes finos del vestido. No se molestó en bajarlos. Tiró de ellos con una brusquedad que hizo crujir las costuras, rompiendo la seda hasta la cintura y exponiendo sus pechos a la penumbra.

​El aire frío de la habitación hizo que Elara se estremeciera. Dante la miró con las pupilas dilatadas antes de bajar la cabeza de golpe. Su boca atrapó uno de sus pezones, devorando su pecho con una urgencia absoluta.

​Elara soltó un grito ahogado. Enterró los dedos en su cabello.

Con un movimiento violento, Dante se incorporó para deshacerse de la ropa. Se arrancó la camisa de un solo tirón, esparciendo los botones por el suelo, y se deshizo de los pantalones.

​Cuando volvió a caer sobre ella, Elara sintió el impacto de su piel desnuda, ardiente y sudorosa, pegándose contra la suya. Fue un choque eléctrico.

Dante metió la mano por debajo de la seda, rasgando la ropa interior sin contemplaciones. Sus dedos, calientes y exigentes, buscaron la humedad entre sus muslos, frotando su clítoris con una presión ruda que la hizo jadear. No hubo preámbulos. La encontró lista, empapada por la pura adrenalina del peligro.

​Introdujo dos dedos de golpe, hundiéndolos hasta el fondo dentro de ella, provocando que Elara soltara un gemido alto que rebotó en el techo mientras sus paredes vaginales se contraían alrededor de su mano.

​—Mírame —ordenó él, con la voz rota, el pecho subiendo y bajando en jadeos rítmicos—. Mírame, Elara. ¿Quién soy?

​—Tú… —susurró ella, con los ojos empañados, viéndolo consumirse—. Eres tú.

​Dante no esperó más. Sacó los dedos y se abrió paso entre sus piernas con las rodillas, abriéndole los muslos por completo. Acomodó la punta de su miembro erecto contra su entrada y se empujó hacia el frente con una estocada brutal, hundiéndose en ella hasta el fondo de un solo movimiento.

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