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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 187

El eco del motor se perdió en la oscuridad de la avenida.

​Dentro de la casa, Leo se giró hacia Elara, que ya bajaba las escaleras a paso rápido.

​—Estuvo aquí —dijo Leo, con su tono grave—. Dejó las cajas y se largó. Tenía los ojos inyectados en rabia al verme. La provocación de la prensa funcionó demasiado bien.

​Elara asintió. El corazón le latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta.

​Esa furia que consumía a Dante en ese mismo instante era su única oportunidad. La única grieta antes de que su mente volviera a cerrarse por completo.

​No había tiempo para dudar.

​Subió corriendo a su habitación, con la adrenalina quemándole las venas. Abrió el armario y sacó el vestido más provocativo que tenía: una pieza de seda líquida color vino. El escote le bajaba por toda la espalda y los tirantes finos se ceñían a su cuerpo como una segunda piel.

​Se desvistió a tirones, y se deslizó dentro de la seda. Necesitaba que su cuerpo jugara a su favor.

​En el doblez oculto del tejido, guardó con cuidado el vial de vidrio ámbar que le dio Keller y la pequeña jeringa.

​Veinte minutos después, Elara estaba sentada directamente en la barra de mármol negro de The Onyx.

​Frente a ella descansaba un vaso de whisky corto con hielo. No iba a bebérselo, pero movía el cristal sin parar. El tintineo del hielo sonaba fuerte en la penumbra del local.

​Con la mano temblorosa, marcó el número de Dante.

​El teléfono no llegó a dar el tercer tono antes de que él respondiera.

​—¿Qué quieres? —La voz de Dante sonó cortante.

​—Dante… —arrastró ella las palabras, entornando los ojos para fingir que apenas podía sostenerse—. Te extraño… Extraño tanto al hombre que me amaba.

​Al otro lado de la línea, Dante se detuvo en seco en mitad de la biblioteca de la mansión Vance. Al escuchar ese tono pastoso y errático, se le congeló la sangre.

​—Déjate de estupideces, Elara. ¿Qué te pasa? —exigió, rudo. El recuerdo de Leo Gerber en el porche todavía le hervía en el pecho.

​—No son estupideces… —Ella soltó una risa floja, rota por el dolor—. Es mi corazón. Lo tengo hecho pedazos.

​—¿Con quién estás? —interrumpió él, con la voz tomada por una sospecha áspera.

​—Sola… en la barra de un club.

​¿Sola? ¿A mitad de la noche? ¿Soportaría saber que cualquier extraño podía acercarse a ella en ese estado? El solo pensamiento de imaginarla indefensa ante otros hizo que una punzada de celos enfermizos le subiera por el cuello.

​—No te muevas de ahí. Dame el nombre del lugar ahora mismo —ordenó Dante, agarrando las llaves del coche del escritorio con un movimiento brusco.

​—The Onyx… —susurró ella antes de colgar.

​Quince minutos exactos. Eso fue lo que tardó la pesada puerta del club en abrirse de golpe.

​Dante entró con pasos largos, trayendo consigo el aire frío de la calle. Su mirada recorrió el local y se clavó de inmediato en la barra.

​Allí estaba ella. La seda color vino descubría toda su espalda, recortando su silueta contra la luz tenue.

​Dante tragó saliva con dificultad. Sintió un golpe duro en la boca del estómago, pero apretó los dientes para mantener el rostro serio.

​—¿A qué juegas? —soltó, plantándose a su lado como una muralla—. Mírate. Es un espectáculo patético para una mujer como tú.

​—Todo lo que hago es por ti —le reclamó ella, girándose en el taburete.

​Se puso en pie, pero al dar el primer paso hacia él, fingió perder el equilibrio y se tambaleó por completo.

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