El eco del motor se perdió en la oscuridad de la avenida.
Dentro de la casa, Leo se giró hacia Elara, que ya bajaba las escaleras a paso rápido.
—Estuvo aquí —dijo Leo, con su tono grave—. Dejó las cajas y se largó. Tenía los ojos inyectados en rabia al verme. La provocación de la prensa funcionó demasiado bien.
Elara asintió. El corazón le latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta.
Esa furia que consumía a Dante en ese mismo instante era su única oportunidad. La única grieta antes de que su mente volviera a cerrarse por completo.
No había tiempo para dudar.
Subió corriendo a su habitación, con la adrenalina quemándole las venas. Abrió el armario y sacó el vestido más provocativo que tenía: una pieza de seda líquida color vino. El escote le bajaba por toda la espalda y los tirantes finos se ceñían a su cuerpo como una segunda piel.
Se desvistió a tirones, y se deslizó dentro de la seda. Necesitaba que su cuerpo jugara a su favor.
En el doblez oculto del tejido, guardó con cuidado el vial de vidrio ámbar que le dio Keller y la pequeña jeringa.
Veinte minutos después, Elara estaba sentada directamente en la barra de mármol negro de The Onyx.
Frente a ella descansaba un vaso de whisky corto con hielo. No iba a bebérselo, pero movía el cristal sin parar. El tintineo del hielo sonaba fuerte en la penumbra del local.
Con la mano temblorosa, marcó el número de Dante.
El teléfono no llegó a dar el tercer tono antes de que él respondiera.
—¿Qué quieres? —La voz de Dante sonó cortante.
—Dante… —arrastró ella las palabras, entornando los ojos para fingir que apenas podía sostenerse—. Te extraño… Extraño tanto al hombre que me amaba.
Al otro lado de la línea, Dante se detuvo en seco en mitad de la biblioteca de la mansión Vance. Al escuchar ese tono pastoso y errático, se le congeló la sangre.
—Déjate de estupideces, Elara. ¿Qué te pasa? —exigió, rudo. El recuerdo de Leo Gerber en el porche todavía le hervía en el pecho.
—No son estupideces… —Ella soltó una risa floja, rota por el dolor—. Es mi corazón. Lo tengo hecho pedazos.
—¿Con quién estás? —interrumpió él, con la voz tomada por una sospecha áspera.
—Sola… en la barra de un club.
¿Sola? ¿A mitad de la noche? ¿Soportaría saber que cualquier extraño podía acercarse a ella en ese estado? El solo pensamiento de imaginarla indefensa ante otros hizo que una punzada de celos enfermizos le subiera por el cuello.
—No te muevas de ahí. Dame el nombre del lugar ahora mismo —ordenó Dante, agarrando las llaves del coche del escritorio con un movimiento brusco.
—The Onyx… —susurró ella antes de colgar.
Quince minutos exactos. Eso fue lo que tardó la pesada puerta del club en abrirse de golpe.
Dante entró con pasos largos, trayendo consigo el aire frío de la calle. Su mirada recorrió el local y se clavó de inmediato en la barra.
Allí estaba ella. La seda color vino descubría toda su espalda, recortando su silueta contra la luz tenue.
Dante tragó saliva con dificultad. Sintió un golpe duro en la boca del estómago, pero apretó los dientes para mantener el rostro serio.
—¿A qué juegas? —soltó, plantándose a su lado como una muralla—. Mírate. Es un espectáculo patético para una mujer como tú.
—Todo lo que hago es por ti —le reclamó ella, girándose en el taburete.
Se puso en pie, pero al dar el primer paso hacia él, fingió perder el equilibrio y se tambaleó por completo.

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