Elara recorrió el pasillo de la clínica Ríos con la bata blanca bien ajustada, intentando concentrarse en los historiales médicos de la mañana. Sin embargo, su mente seguía atrapada en la noche del sábado y en el hecho innegable de que Dante y ella no habían usado ninguna protección.
La duda de si la medicina de Keller estaba haciendo efecto en el cerebro del magnate le oprimía el pecho con una ansiedad que no la dejaba respirar en paz. Se detuvo un segundo frente a la puerta de su laboratorio, releyendo los últimos apuntes sobre los niveles de cortisol y el comportamiento de los receptores sinápticos, pero las líneas de texto se emborronaban ante la presión de sus propios pensamientos. ¿Había arriesgado todo para nada?
Al llegar la hora del almuerzo, Gerber entró a su oficina privada con una sonrisa ligera, rompiendo la tensión que se respiraba en el ambiente. Leo, que llevaba pocos días en la ciudad, quería conocer la gastronomía de la zona. Se apoyó en el marco de la puerta, se pasó una mano por el cuello cansado tras una jornada larga en urgencias y le propuso salir a comer a un restaurante que le había recomendado una paciente; según ella, quedaba solo a pocas calles de la clínica.
Elara aceptó de inmediato, necesitada de aire fresco y de una distracción que la alejara por unas horas del laboratorio, de los frascos de reactivos y de sus propios pensamientos. Se quitó la bata, la colgó en el perchero metálico con un movimiento rápido y tomó su abrigo largo.
Una hora después, ambos caminaban hacia el salón principal de L'Étoile, un local de alta cocina donde los ejecutivos de Manhattan solían cerrar sus acuerdos comerciales. El ambiente era elegante, cargado de conversaciones en susurros y un sutil aroma a trufa que inundaba el espacio entre las mesas de diseño.
Apenas dieron unos pasos hacia el área abierta para buscar su reservado, Elara vio a Dante. Sus miradas chocaron en el acto de forma totalmente imprevista.
Dante estaba sentado en la mesa central, impecable en su traje oscuro de tres piezas, flanqueado por Viviana Belmonte y su padre, quienes aprovechaban el almuerzo para presionar con los términos de la fusión de ambas firmas. Sus ojos grises, oscuros y cargados de un brillo territorial inmediato, se clavaron en Elara con una fuerza que pareció congelar el aire del lugar. La fijeza de su mirada era letal, desprovista de cualquier cortesía empresarial.
Elara sintió que el piso se le ponía a temblar ante la tremenda coincidencia.
Leo lo reconoció al instante; era el mismo sujeto huraño que se había plantado con arrogancia en el porche de la casa. Conectando los puntos de inmediato y notando la súbita rigidez de Elara, Leo decidió actuar con rapidez. Con toda la intención de desafiar la mirada del magnate, Leo guió a Elara hacia su mesa, tomándola de la mano con una familiaridad firme y protectora.
Mientras se acomodaban en las sillas, Leo se inclinó hacia ella con una sonrisa cómplice, acortando cualquier distancia prudente, y estiró los dedos para acomodarle con suavidad un mechón de cabello detrás de la oreja. Las yemas de sus dedos rozaron la piel sensible de su cuello con una lentitud exasperante. La provocación visual fue directa hacia la mesa de los Belmonte.

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