La atmósfera en el restaurante se volvió irrespirable. Dante se detuvo a escasos centímetros de la silla de Elara, su presencia imponiendo un silencio absoluto que se extendió por todo el salón. Sus ojos oscuros, cargados de una tormenta que amenazaba con desbordarse, se clavaron en ella con una intensidad que hizo que los cubiertos de los comensales cercanos tintinearan contra la porcelana.
Leo se puso en pie, su lenguaje corporal protector y defensivo, listo para ser el escudo de Elara, pero Dante ni siquiera lo miró. Su enfoque era un láser, una fijación exclusiva en el rostro de la mujer que, en ese momento, parecía ser lo único real en su mundo fragmentado.
—Elara —dijo él, en un tono bajo y tenso que resonó con una autoridad ineludible—. Tenemos que hablar. En privado. Ahora mismo.
Dante no esperó respuesta. Su mano, grande y firme, se cerró sobre el brazo de Elara, guiándola hacia la salida sin darle margen para titubear. La sacó del restaurante bajo la mirada atónita de los comensales y el rostro desencajado de Leo. Una vez en la calle, el aire fresco apenas logró disipar la tensión. El coche de seguridad estaba esperando; Dante abrió la puerta trasera, la hizo entrar y se deslizó tras ella.
—¡Arranca, Marcus! —ordenó con voz cortante.
Una vez que el vehículo se puso en marcha, Dante soltó su brazo como si el contacto le quemara. Se reclinó en el asiento, manteniendo sus manos tensas sobre sus rodillas, abriéndolas y cerrándolas con desesperación, intentando agarrar algo que se le escapaba entre los dedos. La cercanía en el habitáculo era sofocante. No dijo una palabra, pero sus ojos no se desviaban ni un segundo de ella, como si temiera que, de parpadear, Elara fuera a desvanecerse.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la mansión, Dante no bajó por la entrada principal. Con un gesto, indicó a Marcus que continuara hacia el camino privado que bordeaba el bosque. Allí, oculto por una hilera de pinos centenarios, se alzaba la cabaña de piedra y madera.
Dante abrió la puerta, dejando que Elara bajara primero. El aire allí olía a pino y a tierra húmeda. Él caminó hacia la entrada, insertó la llave con una mano visiblemente temblorosa y, tras abrir, la invitó a pasar con un gesto rígido. La cabaña estaba en penumbra, iluminada únicamente por la luz dorada que se filtraba por las ventanas, revelando los muebles que habían sido testigos de su vida juntos. Para Elara, el lugar era un mausoleo de recuerdos dolorosos. Para Dante, parecía un campo de minas.
Él cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, dejando caer la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados. El impacto físico de estar allí, en el epicentro de su pasado, era brutal.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó ella, con la voz apenas audible, mientras se abrazaba a sí misma. El miedo a que él hubiera tenido una crisis nerviosa le oprimía el pecho—. Dante, me estás asustando.
Él abrió los ojos. No había rastro del magnate frío. En su mirada, el dolor se mezclaba con una revelación que apenas podía contener. Caminó hacia ella, pero se detuvo a pocos pasos, manteniendo una distancia prudente, como si temiera que el contacto pudiera romper lo que sea que estaba ocurriendo en su cabeza.
—Cuando te vi con ese hombre en el restaurante... algo dentro de mí se rompió —empezó él, con la voz ronca—. Fue como si todas las barreras que he levantado desde que desperté en esa clínica se hubieran vuelto cristalinas.

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