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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 193

Elara, sintiendo un estallido de indignación mezclado con alivio, amagó con pegarle en el pecho, pero Dante atrapó su puño en el aire, atrayéndola de nuevo hacia su cuerpo. Ella, aprovechando la confianza recuperada, hizo un pequeño puchero, intentando fingir un enfado infantil, frunciendo el entrecejo con una expresión exagerada de agravio.

—Fuiste muy cruel, Dante Vance. Me hiciste llorar, me hiciste sentir que nuestra vida era un error que debías corregir —dijo ella, estirando los labios en un puchero que rozaba lo cómico.

Dante soltó una carcajada ronca, el sonido más bello que ella había escuchado en una eternidad.

—Lo sé, lo sé... perdóname —dijo, acariciando con el pulgar la curva de sus labios—. Pero ponte en mi lugar. Me desperté un día en un hospital, con la cabeza hecha pedazos, y me dijeron que tenía una esposa que me exigía amor y dos niños que me llamaban "papá" cuando para mí eran perfectos desconocidos. Era una situación aterradora.

Elara suavizó su expresión, abandonando el juego, sintiendo una compasión infinita por el hombre que había tenido que navegar la oscuridad solo. Se acercó a él, rozando sus labios, y justo antes de que el beso volviera a sellar el pacto de su reconciliación, Dante le dio un beso suave, casi imperceptible, en la comisura de la boca.

—Ahora vamos a casa —dijo él, con una determinación renovada—. Vamos a recoger los pedazos de lo que rompí y vamos a hacer que esta familia vuelva a ser lo que era. O mejor.

Salieron de la cabaña tomados de la mano. El aire de la tarde acariciaba el bosque, envolviendo la propiedad Vance en una calma renovada que parecía celebrar el reencuentro. Al llegar al sedán, Marcus, que seguía al volante con la mirada fija en el espejo retrovisor, vio cómo el magnate abría la puerta para Elara. Dante no subió de inmediato; se quedó un segundo observando la mansión a lo lejos, la casa que ahora, por fin, volvía a sentirse como un hogar.

El trayecto hacia la residencia Ríos fue distinto. Dante no buscaba documentos ni revisaba correos. Mantenía su mano entrelazada con la de Elara, acariciando su piel con un ritmo hipnótico, como si quisiera memorizar cada detalle que se le había olvidado durante su exilio mental.

​Cuando llegaron a la entrada, la puerta se abrió antes de que pudieran bajar. Amara corrió por el porche, sus pequeños pies golpeando la madera con un ritmo acelerado, pero al ver a Dante bajando del coche —en un día que no le correspondía— se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, procesando la inesperada visita.

​—¿Papá? —la vocecita de la niña tembló, cargada de una sorpresa que se transformó al instante en una felicidad pura.

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