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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 194

Rosa recortaba su silueta contra la luz del vestíbulo. Esperaba con los brazos cruzados, con la solidez de quien ha sido el pilar absoluto de esa casa en los peores momentos. Al ver a Dante con los niños, su rostro se ablandó. Amara se acurrucaba con la mejilla aplastada contra el hombro de su padre, entregada por completo a la seguridad de tenerlo de vuelta; Mateo caminaba pegado a su costado, como si temiera que pudiera desvanecerse. Elara cerraba el grupo con un paso ligero que Rosa no le veía desde hacía tanto tiempo.

​Dante se detuvo en el primer escalón. La niebla de los meses anteriores había desaparecido de sus ojos; ahora solo había una lucidez aplastante.

​—Bienvenido, señor Vance —dijo Rosa, y la voz le vibró de alivio—. Al fin la familia está donde debe estar.

​Dante asintió, sosteniendo la mirada de la mujer que había sostenido a los suyos cuando él era solo un fantasma.

​—Gracias, Rosa. Por todo.

​—Esta es tu casa, hijo. Entren, el aire se está enfriando y estos niños tienen que cenar.

Cruzaron el umbral. Dante bajó a Amara con cuidado y la niña, con una sonrisa perezosa, buscó a tientas la mano de Mateo para ir al comedor.

​El eco sutil de unos pasos en el primer descanso de la escalera cortó el aire. Leo Gerber bajaba los peldaños de mármol sin prisa, con una mano en el bolsillo del pantalón oscuro y las mangas de la camisa remangadas. Se detuvo a mitad de camino, apoyándose en la barandilla. Su mirada chocó con la de Dante.

El contraste fue un chispazo. Al instante, la expresión de Dante se endureció, recuperando esa mandíbula de piedra. Leo analizó al hombre y esos ojos que lo calculaban todo. La desconfianza que Leo había cargado horas antes se transformó en una curiosidad pesada. Dante sintió una punzada de alerta en el estómago; era el mismo tipo desafiante del restaurante, el hombre que había estado rondando a Elara. Los celos se le encendieron en un segundo.

​Elara se interpusió entre los dos. Miró a Dante a los ojos.

​—Dante, él es Leo. El hijo de Rosa. Es como un hermano para mí.

Dante asimiló las palabras. La aclaración desarmó la hostilidad territorial que le tensaba los hombros.

​—Leo me ayudó a traerte de vuelta —añadió Elara con una sonrisa suave.

Leo terminó de bajar y se acercó, sosteniéndole la mirada sin achicarse. Una pizca de ironía asomó en su boca al extender una mano dura.

​—Vance. Bienvenido de vuelta.

Dante le sostuvo la mirada antes de estrecharle la mano. El agarre fue firme, la tensión justa de dos hombres que miden sus límites.

—Si te tardas un poco más, la pierdes —soltó Leo, desviando la mirada hacia Elara con una sonrisa cómplice.

Dante no parpadeó. Una media sonrisa, cargada de una seguridad absoluta, le cruzó la cara mientras sostenía el agarre con comodidad.

—Agradezco el intento, pero no soy de los que pierden —respondió Dante—. Lo que me importa nunca queda a la deriva.

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