El despacho principal de Vance Enterprises estaba inundado por la cruda luz de la mañana que entraba a raudales por los enormes ventanales. Dante estaba sentado detrás de su escritorio de roble, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos y la corbata desanudada. Sus ojos estaban enfocados en la pantalla de su ordenador.
La puerta doble se abrió sin previo aviso.
Viviana Belmonte entró con la barbilla en alto, el taconeo de sus estilettos resonando con fuerza en el despacho. Vestía un traje de sastre impecable, pero la rigidez de sus hombros delataba las horas que llevaba intentando localizarlo.
—Se terminaron las excusas, Dante —soltó, lanzando una carpeta de cuero sobre el escritorio—. O firmas el acuerdo de la fusión hoy mismo y te casas conmigo, o hundo esta empresa antes de que termine el día.
Dante ni se inmutó. Apoyó los codos sobre la mesa, entrelanzando los dedos, y la miró fijamente.
—¿Ah, sí? ¿Y con qué me vas a hundir, Viviana?
—Tengo los reportes del laboratorio central —siseó ella, dándose la vuelta para clavarle los ojos—. Pruebas médicas de tus lagunas mentales. La junta directiva te destituirá por incompetencia legal en cuanto esto toque sus escritorios esta tarde. Y si pretendes jugar al héroe, diré al mundo que te aprovechaste de mí en París estando borracho. Tu reputación no va a sobrevivir a eso. Vas a dejar a esa mujer, te casas conmigo o te quedas sin nada.
El silencio que siguió fue denso. Viviana contuvo la respiración, esperando ver el pánico en su rostro. Pero Dante hizo algo que ella no calculó. Se reclinó en su sillón y soltó una carcajada seca, baja y fría.
—Estás completamente loca —dijo Dante, mirándola con un desprecio absoluto—. ¿Casarme contigo? Yo ya tengo una familia. La única mujer que me interesa, y la única que va a estar a mi lado, es mi esposa.
—Dante, no estás en condiciones de...
—Tus amenazas son ridículas —la cortó él, alzando la voz con una gravedad que llenó la habitación—. Estás desesperada, Viviana. Toda esa fachada de mujer de negocios y ni siquiera disimulas que lo único que te importa es el control.
Viviana apretó los puños, la mandíbula tensa.
—Esto son negocios, Vance. Es supervivencia.

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