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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 50

El rugido de las hélices del helicóptero de los Cavendish no solo cortaba el aire saturado de humedad del jardín botánico, sino que parecía rasgar la realidad misma de Elara. El estruendo era una barrera sónica que separaba su vida de miseria y tortura de un futuro que olía a una libertad teñida de incertidumbre.

​Dante permanecía estático frente a ella, una figura de granito oscuro recortada contra el resplandor de las luces de emergencia del invernadero. Su mano seguía extendida, una orden silenciosa que Elara había obedecido por puro terror durante meses. Pero esta vez, el peso de esa mano no era suficiente para detener la marea que Alistair Cavendish había desatado.

​—Cinco segundos, Camila —repitió Dante. Su voz no necesitaba elevarse por encima del motor; vibraba directamente en los huesos de Elara, cargada con una promesa de aniquilación—. Cinco segundos antes de que mi equipo en la clínica San Judas retire cada cable que mantiene el corazón de tu padre latiendo. Camina hacia el coche. Ahora. O prepárate para cargar con su cadáver además del de Julián.

​Elara sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. El chantaje de Dante siempre había sido su ancla de plomo, la razón por la que soportaba cada humillación y cada caricia forzada. Miró a Alistair, buscando una señal de duda, pero lo que encontró fue la mirada de un hombre que había planeado este jaque mate con la precisión de un gran maestro.

​Alistair sacó un teléfono satelital de su abrigo de lana y giró la pantalla hacia Dante. En ella, una transmisión en directo mostraba una habitación de hospital blanca y aséptica. Elara ahogó un grito al reconocer el perfil de su padre, pero lo que la dejó paralizada fue ver a tres hombres vestidos de negro, con el emblema de los Cavendish en sus chaquetas, desconectando los monitores de los Vance para conectar los suyos propios.

​—Tu protección ha caducado, Vance —dijo Alistair, su calma siendo un insulto a la furia volcánica de Dante—. Mi equipo de extracción médica ingresó a la clínica hace veinte minutos. En este momento, el Sr. Alfonso está siendo trasladado en una ambulancia blindada hacia mi hangar privado. No hay cables que cortar, Dante. Ya no tienes nada con qué negociar.

​Por primera vez desde que Elara conocía a Dante Vance, vio algo que creía imposible: vacilación. Los ojos de grafito de Dante se abrieron un milímetro más, una grieta en su armadura de acero. La humillación de ser superado en su propio juego, en su propia ciudad, por un hombre que consideraba un intruso, provocó una reacción química en su interior.

​Dante se lanzó hacia adelante con la velocidad de un rayo, ignorando a los guardias de Alistair que ya desenfundaban sus armas. Sus manos se cerraron sobre los hombros de Elara, sacudiéndola con una desesperación que bordeaba la locura.

​—¡No te atrevas! —rugió Dante, su rostro a centímetros del de ella—. ¡No te atrevas a irte con él! Él no sabe quién eres. Él no conoce la sangre que tienes en las manos.

​—¡Suéltame, Dante! —gritó Elara, encontrando una fuerza que creía muerta—. ¡Ya no tienes nada! Me torturaste por una muerte que no causé, usaste a mi padre como un rehén... ¡Se acabó! Prefiero morir en Londres que pasar un minuto más siendo el juguete de tu venganza.

​Con un movimiento brusco, Elara se zafó de su agarre. Fue un acto de rebelión física que resonó como un disparo. Alistair la rodeó con su brazo, protegiéndola, mientras los guardias formaban un muro de metal y carne entre ellos y Dante Vance.

​El trayecto hacia el helicóptero fue un borrón de luces y ráfagas de viento. Alistair la ayudó a subir, asegurando su cinturón con una delicadeza que se sentía extraña después de meses de la brutalidad de Dante. Cuando la puerta se cerró y el aparato se elevó, Elara pegó el rostro a la ventanilla.

​Abajo, Dante se veía pequeño por primera vez. Estaba de pie en medio del jardín destrozado, rodeado de pétalos de orquídeas y cristales rotos. Sus puños estaban cerrados y su cabeza inclinada hacia arriba, siguiendo la trayectoria del helicóptero. Aunque no podía oírlo, Elara sabía que él estaba jurando una guerra que no tendría fronteras.

​—Estás a salvo, Elara —dijo Alistair, entregándole una manta de cachemira. Sus manos eran cálidas, seguras, pero sus ojos azules seguían fijos en ella con una intensidad que le recordaba al cuadro de la muerta en Londres—. Has dejado atrás el infierno. Ahora es momento de que empieces a vivir la vida que te corresponde.

​—¿A qué precio, Alistair? —preguntó ella, su voz apenas un hilo—. Me salvaste de un hombre que me odia para llevarme con un hombre que ama a una mujer que no soy yo. Mi padre está en tu avión, sí. Pero ahora tú eres el dueño de su medicina. ¿En qué me diferencia eso de ser la prisionera de Dante?

​Alistair se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con una elegancia que asfixiaba. —La diferencia, mi dulce Elara, es que Dante quería verte de rodillas. Yo quiero verte brillar. Quiero que el mundo vea en ti lo que yo perdí. No eres mi prisionera; eres mi redención. Y mientras seas leal a esa redención, tu padre vivirá como un rey.

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