El cielo de Londres no recibió a Elara con la promesa de la libertad, sino con una mortaja de nubes plomizas que parecían pesar tanto como las cadenas de oro que acababa de dejar atrás. El jet privado de los Cavendish aterrizó en la pista de Stansted con una suavidad insultante, una eficiencia mecánica que contrastaba con el caos sangriento que Elara sentía en su interior. Al bajar por la escalerilla, el aire gélido y húmedo de Inglaterra le azotó el rostro, obligándola a recordar que ya no estaba bajo el sol abrasador del imperio Vance, sino en el territorio de un depredador mucho más antiguo y sofisticado.
Alistair Cavendish caminaba a su lado, su mano derecha apoyada en la base de la espalda de Elara. No era un toque casual; era una guía firme, una presión constante que le recordaba quién era el arquitecto de su "salvación". A pocos metros, una flota de tres Range Rovers negros esperaba con los motores en marcha, proyectando una imagen de poder aristocrático disfrazado de cortesía.
—Bienvenida a casa, Elara —susurró Alistair cerca de su oído. Su voz, un barítono profundo con un acento británico impecable, cortaba el viento como una hoja de afeitar—. Aquí, el nombre de Dante Vance es solo un eco lejano que se pierde en el Atlántico. Estás bajo el escudo de los Cavendish. Nadie, ni siquiera un hombre con la arrogancia de un Vance, se atreverá a cruzar este umbral sin mi permiso.
Elara se dejó guiar hacia el interior del vehículo blindado. El cuero del asiento olía a nuevo y a notas de madera de cedro. Mientras el coche se alejaba del aeropuerto, ella pegó la frente al cristal, viendo cómo el paisaje industrial se transformaba en las calles empedradas y los edificios históricos de Mayfair. Cada semáforo, cada esquina, se sentía como un nudo más en una soga que no terminaba de soltarla.
La residencia de los Cavendish era una mansión georgiana que exhalaba una riqueza que no necesitaba gritar para ser reconocida. Al cruzar el umbral, Elara no encontró la frialdad minimalista y agresiva de la mansión de Dante. Aquí, todo era terciopelo pesado, maderas oscuras pulidas por siglos de servidumbre y una iluminación cálida que, en lugar de acoger, parecía esconder secretos en cada esquina sombría.
Alistair la condujo personalmente por la gran escalera de mármol. El servicio se alineaba en los pasillos, inclinando la cabeza con una reverencia que rozaba lo arcaico. Para ellos, Elara no era una invitada; era el regreso de una reina muerta.
—Tu padre ya está en Zurich —dijo Alistair, rompiendo el silencio mientras entraban en una suite inmensa que olía intensamente a violetas y lluvia—. Mi equipo médico lo ha instalado en la Clínica Bellevue. Tiene a su disposición a los mejores especialistas del continente. Está estable, Elara. Por primera vez, ya no tienes que temer por su próximo suspiro.
Elara se giró hacia él, sintiendo una punzada de gratitud que sabía a veneno. —¿Y cuál es el precio, Alistair? Sé que los hombres como tú no salvan vidas por caridad. Dante quería mi alma para vengar a su hermano. ¿Tú qué quieres?
Alistair se quitó el abrigo de cachemira y lo dejó sobre una silla Luis XV. Se acercó a ella con esa parsimonia de un hombre que sabe que el tiempo está de su lado. Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a levantar la mirada para sostenerle los ojos azules, que en ese momento parecían dos fragmentos de hielo bajo la luna.
—Dante Vance es un niño con un juguete que no sabe apreciar —sentenció Alistair, extendiendo la mano para rozar el contorno de la mandíbula de Elara con una delicadeza que le erizó la piel—. Él te veía como un recordatorio del fracaso de su hermano. Yo te veo como la oportunidad de corregir el error del destino. No quiero tu alma para destruirla, Elara. Quiero que la reconstruyas bajo mi guía.
Él señaló un cuadro que colgaba en la pared principal de la habitación. Era un retrato al óleo de una mujer que, a primera vista, era el reflejo exacto de Elara. La misma nariz refinada, los mismos labios carnosos, el mismo fuego contenido en la mirada. Pero había una diferencia: la mujer del cuadro vestía con una elegancia de otra época y sostenía un pincel con una gracia que Elara nunca había conocido.
—Estela —susurró Alistair, y por un segundo, su máscara de hierro se quebró, revelando una obsesión patológica—. Ella era mi mundo. Y cuando la perdí, Londres se convirtió en una tumba. Ahora que la vida te ha traído a mí con su rostro, no voy a permitir que nada ni nadie te toque. Pero para eso, Elara, debes aprender las reglas de este santuario.
Alistair se inclinó, su aliento mezclándose con el de ella. —Regla número uno: En esta casa, el pasado no existe. No eres la esposa de un Vance, no eres la hija de un hombre pobre. Eres mi protegida. Regla número dos: Cada vez que salgas de este edificio, lo harás con mi escolta. Y regla número tres... —Su mano bajó hasta su cuello, apretando ligeramente, no para asfixiar, sino para marcar territorio—. No volverás a mencionar el nombre de Dante. Él es un fantasma. Y los fantasmas no pueden protegerte de lo que yo soy capaz de darte... o de quitarte.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, la ciudad que Dante Vance llamaba su reino estaba sumergida en una calma tensa que precedía al desastre. Dentro del despacho principal de la Torre Vance, la oscuridad era absoluta, salvo por el resplandor de las pantallas que rastreaban satélites y señales de GPS.
Dante estaba sentado en su silla de cuero, con la camisa desabrochada y las manos vendadas toscamente, ocultando los cortes de los cristales que había destrozado tras el regreso del jardín botánico. En su mano derecha sostenía un pequeño pendiente de perla que Elara había olvidado en su huida. Lo apretaba con tal fuerza que el metal se deformaba bajo su presión, hundiéndose en su piel.
—¿Londres? —La voz de Dante era un siseo letal que hizo que Seraphina, de pie en el umbral de la puerta, contuviera el aliento—. ¿Crees que cruzar el océano te hace libre, Camila? ¿Crees que ese inglés puede esconderte de mi furia?
Seraphina dio un paso adelante, midiendo cada palabra. —Dante, los abogados de los Cavendish han movido influencias en el Ministerio del Interior británico. Han solicitado una orden de protección diplomática para ella bajo el pretexto de seguridad humanitaria. Si intentas entrar en Mayfair con tus métodos habituales, causarás un incidente internacional que hundirá nuestras acciones en la bolsa de Londres antes de que puedas tocar tierra.

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